Durante veintisiete años las ventanas estuvieron cerradas. Desde mi casa veíamos a la negra gorda que vivía en la tercera planta, contando su arroz y sus frijoles para el almuerzo mientras tomaba el fresco, sentada en el balcón sobre una silla de anea. Y veíamos también al viejito del segundo tendiendo sus calcetines al sol por las mañanas. Era el mismo viejito que se enojaba cuando jugábamos a béisbol, porque una vez una pelota le rompió un cristal en un saque portentoso que fue muy celebrado por el equipo. El cristal nunca se repuso, y aún luce roto por mi culpa. También sabíamos de la mujer rubia que vivía en el portal, porque cada mañana salía a despedir a su niñita de uniforme que se iba a la escuela en bicicleta. La besaba con tanta lumbre que todos podíamos oírla, y a veces aquel sonido hermético, como de botella al descorcharse, me servía de último aviso antes de que se me hiciera tarde para levantarme de la cama.
A todos ellos les encontrábamos por la calle. La mujer del portal salía a esperar a su niña a eso de las siete, mirando intermitentemente hacia un lado o hacia el otro para ver por dónde la veía venir, montada en su bicicleta. La niña se retrasaba casi a diario, porque había crecido muy deprisa y los muchachos ya la apabullaban demasiado como para ser puntual. A veces encontrábamos a la madre o a la hija en la cola del jabón, o en la más madrugadora de todas: la del pan, y aprovechábamos para hablar un poco. Yo prefería a la hija, porque hablaba lo mismo y me gustaba más, y hasta algunas veces se dejaba acariciar un pezón por encima de la blusa de colegiala, y fingía no darse cuenta de mis caricias furtivas.
A la negra grande del tercero la encontrábamos también, tempranito, cuando salía a echar la basura a la esquina. En las colas, la negra se quejaba constantemente de todo lo que nos sucedía, y más aún desde que se inventó aquello del período especial, y empezaron a repartir sólo una libra de café por persona y mes. A la negra le gustaba más el café que el jabón porque nunca se lavaba y porque no perdonaba sus tres tacicas de café diarias. Por eso no protestó siquiera cuando se pasaron siete meses sin darnos jabón, pero al día siguiente de aquello de la libra de café ya estaba hecha una furia.
Siempre que se formaba una fila de gente en la calle, los que pasaban preguntaban
a los que esperaban:
-¿Qué reparten?
-Pues qué va a ser -contestaba siempre la negra grande, a falta de cualquier otro voluntario-. La mierda de cafecito que nos dan, poco y malo.
Más o menos, a todos los vecinos les conocíamos o les habíamos visto antes, y eso que nuestra calle era una de las más grandes de La Habana Vieja. A algunos, sólo les dábamos conversación -y dejábamos que ellos hicieran lo mismo- cuando las restricciones de electricidad. El día que quitaban la luz, hacía falta divertirse contando chismes. Una de las mayores distracciones de los vecinos cuando no había luz era especular acerca de la señora que, decían, vivía en el primero. Yo no recuerdo haberla visto en los veintisiete años que estuvieron cerradas las ventanas, pero algunos sí decían haberla visto alguna vez. Nunca en una cola, ni hablando con la otra gente cuando no había luz. La señora del primero nunca se mezclaba con nadie. Tampoco se la podía ver desde otros balcones o ventanas, porque sus ventanales, los que daban al amplio balcón, siempre estaban cerrados, con las persianillas de madera echadas para que nadie pudiera verla, o para que no entrara el sofoco de la mañana, ni el sol de la tarde, ni la brisa densa de la noche, ni la más transparente brisa del amanecer, mezcladas con los cantos de los gallos del vecindario. Decían, por eso, que tendría mucho que ocultar. Yo llegué incluso a dudar de su existencia, a pensar que aquella casa debía estar vacía, además de cerrada, y que la señora no era más que un motivo para fabular que se había inventado la gente aburrida.
Pero las conjeturas que acerca de ella hacían todos los demás merecían ser escuchadas. Algunos decían que sólo era tímida, o muy friolenta. La negra del tercero aseguraba que era puta, porque ella la oía trajinarse a los hombres sobre los muelles oxidados de un somier, y luego escuchaba con qué habilidad negociaba con ellos. A veces les cobraba doscientos pesos, pero sólo si el somier llevaba mucho rato sonando. Otras, sesenta y, las menos, quince. Decía la negra también que cuando cobraba quince pesos es porque no había desgastado el somier, y que ese era el precio, más que de un trabajo completo, de un apañijo para ir tirando hasta la próxima vez que apremiara la necesidad. Y que de todo lo que decía estaba muy segura, porque ella la había visto una vez tendiendo en el balcón unos calzoncillos muy sucios.
-Si fuera puta ya habría muerto de sífilis -decía alguien.
Nunca creímos mucho a la negra, porque el viejo del segundo nunca había oído nada de lo que ella decía y porque, por muy desarrollado que tuviera el oído la negrota -como ella aseguraba ante todos nosotros- nadie descubre tantos detalles cuando existe un piso entero de por medio.
Mi mamá especulaba con otras posibilidades, como que la mujer estuviera enferma o mal de la cabeza. Decía que una vez, hacía muchos años, supo que estaba metida en la cama a las doce del día y tapada hasta la nariz con una sábana y una frazada, algo a todas luces insoportable cuando el calor aprieta. Pero aquello tampoco podía ser, como hacían notar los demás:
-Si la señora del primero hubiera llevado enferma más de veinte años años, ya habría muerto -decía la negra.
Otros vecinos opinaban que se dedicaba al contrabando de huevos, y que su casa estaba llena de gallinas cluecas por todos los rincones, y que por eso no podía abrir las ventanas: porque la descubrirían y los de la Seguridad del Estado se llevarían las gallinas para repartirlas entre otros compañeros según el interés común, la particular necesidad, el estado de las cosas y el fortalecimiento de la patria. Un vecino aseguró, incluso, que una vez, la señora del primero le hizo el regalo de una docena de huevos calentitos, acabados de poner. En uno había un amasijo sanguinolento y blando: un polluelo a medio incubar, al que ya se le veían los ojos.
-Si se dedicara a criar gallinas, ya se le habría escapado alguna -afirmó mi mamá.
Para alguien, ese detalle de los ojos del polluelo era una señal inequívoca de que la mujer de los misterios era una bruja, lo cual explicaría que nunca saliera de casa ni para hacer cola para el racionamiento, porque las brujas -todos lo sabían allí- se alimentan de oscuridad, cucarachas y motas de polvo. Estaba segura de haberla visto una vez, a través del ojo de la cerradura, echada en la cama con un hombre encima, muy negro y muy grande, que tenía unas nalgas muy musculadas de entre las que brotaba un rabo largo y peludo. Además, cabía la posibilidad de que fuera una bruja de las superiores y pudiera hacer cola en estado invisible. Esa era la hipótesis que más nos seducía a nosotros, porque abría ante nuestros ojos un sinfín de posibilidades mucho más apasionantes que el juego de béisbol en el que invertíamos todas las tardes.
-Si de verdad fuera bruja sabría cuándo va a morir Fidel-opinaba alguien.
No faltaban tampoco las vecinas que zanjaban la cuestión dándoselas de muy enteradas del asunto:
-¡Pero que retemal informados están todos, compadres! Porque ni de sífilis ni de puterío ni de bruja ni de estraperlista, de todo eso, compañeros, nada de nada. Lo que le sucedió a esta guajira, porque ella es de Camagüey, por si ustedes no lo supieron, es que su marido, uno que era marine de los euá, la abandonó cuando la revolución jurándole que volvería, pero ya más nunca regresó. Lo mismo fue porque ella no quiso irse con él a donde los gringos y dejar su cubita güena y desde ese día maldito ella le llora sin que nadie lo sepa porque en realidad le da mucha pena que todos la vean así: abandonada y sola. Cada día que pasa y no tiene na que comer se arrepiente más y más de la locura que cometió no marchándose con aquel blanquito tan huapachoso, compais, y quién no. Eso es todito lo que le pasa a la pobrecita, que yo, m'hija, la he visto leyendo una y otra vez toditas las carticas de amor que él le mandó, pero ya es tarde para casi todo, carajo.
Aquella traumática historia de amor desarmaba al auditorio, pero no satisfacía a los que entonces éramos adolescentes. Así que nos propusimos descubrir si la señora del primero existía, si vivía en su casa y si, en efecto, era una bruja. Teníamos una edad muy disparatada, en la que nos gustaba igual jugar a pelota que andar en investigaciones absurdas o que observar si la negra grande del tercero llevaba o no llevaba bragas ese día (sólo tenía unas bragas, y sabíamos que no las llevaba cuando las veíamos tendidas al sol. Así que la nuestra era una apuesta segura). Nos tendíamos sobre el piso de la calle cuando la veíamos venir, y la visión de sus nalgas enormes, y de aquel pubis oscuro, cubierto por una pelusa brillante como espuma negra nos encendía. La lástima es que ella lo descubrió, y empezó a esquivarnos cuando nos veía tendidos en el piso. Luego, pudo ahorrar para comprarse otras bragas y ya no hubo ninguna posibilidad: cuando no llevaba unas, llevaba las otras.
Pero, pese a esta estrategia, la negra grande, con sus dimensiones tremendas, sus nalgas gordas y húmedas de sudor era lo que más se ajustaba a nuestro canon adolescente de mujer ideal. En una sola estación húmeda, de octubre a mayo, inició a los siete jugadores del equipo de pelota callejero: primero, los pitchers, luego los base, al catcher le tocó después y, al fin, el bateador. Yo era el bateador, fui el último. La negra pasaba muchas estrecheces, y decía que hacía aquello por la patria, pero en realidad lo hacía por la libra de frijoles o los dos panes que nosotros le ofrecíamos. Si lográbamos llevarle una libra de café, se ponía tan contenta que le añadía al asunto alguna prestación extraordinaria. Para nuestras sesiones amorosas esperábamos a que empezara a anochecer. Nos recibía en su cama -que era la única de la casa y que estaba cubierta por un dosel para que no se cebaran en ella los mosquitos. La cama sonaba bastante, y a veces podíamos oír los gritos del viejito del segundo desde la escalera o por el tragaluz:
-Coño, qué suerte, macho.
Al salir, había forzosamente que pasar frente a la puerta, en el primer piso, donde decían que vivía la mujer que nunca se dejaba ver. No se oía nada desde el rellano. Apoyando la oreja en la puerta, tampoco. Mirando por el ojo de la cerradura, sólo se veía una nebulosa semioscura y algo que parecía una gramola, apoyada sobre un mueble claro. Aquello, que todos pudimos observar, porque todos espiamos, nos llenó de curiosidad. No tanto por la gramola, aunque poder escucharla sonar hubiera sido un lujo fuera de nuestro alcance, como por ella, por esa mujer que sabía existir sin ser vista en un lugar como La Habana Vieja.
Ideamos un plan: lanzaríamos una pelota contra las ventanas perpetuamente cerradas. Si teníamos la suerte de que se colara dentro de la casa, tendríamos la excusa para subir a recuperarla y, de paso, conocer a la mujer. Yo arrojé la pelota. Al tercer intento, y después de vacilar sobre el alféizar, entró en la casa abriendo un resquicio entre las hojas de las persianas de madera, que habían cedido ligeramente. Subimos todos -los siete- a buscarla, y creo recordar que se unió a nosotros algún que otro muchacho de la calle, atraído por la curiosidad. Estuvimos llamando a la puerta cerca de media hora, primero utilizando el timbre eléctrico y luego -porque cortaron la corriente precisamente en ese momento- con los nudillos y, menos sutiles, con sonoras palmetadas. No hubo suerte. Presentíamos el rumor de una presencia humana dentro de la casa, nos parecía escuchar unos pies viejos y cansados arrastrarse sobre el piso y hasta creímos oír alguna tos débil. Pero nadie abrió la puerta para devolvernos nuestra pelota.
Al día siguiente, la pelota apareció en la calle, frente al portal de mi casa. Allí, pensamos, debió dejarla la extraña mujer, tal vez conmovida por la lástima que debía inspirarle un grupo de adolescentes como éramos, sin más distracción que aquel juego para pasar la tarde entera en las calles del reparto más maltratado de la ciudad.

Las casas de La Habana Vieja estuvieron pintadas algún día de colores alegres: azul turquesa, amarillo albero, verde esmeralda. Dicen que en los balcones no cantaban los gallos al amanecer, porque nadie criaba gallos entonces en La Habana, porque nadie se veía en la necesidad de prever qué van a comerse cuando no haya nada que comer. Pero la luz, filtrada por las calles de la ciudad, siempre fue igual. En ningún otro lugar del mundo es la luz del sol del atardecer tan dorada ni tan trágica, tan llena de angustia y de vida al mismo tiempo, como lo es la luz que se escurre por las fachadas descascarilladas de las casas cuando cae la tarde sobre La Habana Vieja. A esa hora, no hay blancos ni negros por las calles: todo son siluetas emergiendo de un agresivo contraluz. Y el cielo no es azul, ni importa de qué color sea, porque brillan los hombres que caminan por la acera como si de pronto nada fuera más importante que ellos, y brillan las niñitas de uniforme, y los muchachos en bicicleta, y brilla el sudor de las frentes como si fueran constelaciones irrelevantes de cortísima vida.
A esa hora de sofoco y de relajo en que está cayendo la tarde en la ciudad, un lunes de mediados de mayo, se abrieron las ventanas. Los goznes -como si recordaran aún el camino- cedieron, y tras ellos apareció una vieja menguada, muy flaca y con un moño sobre la coronilla. Todos nos quedamos mirándola con estupor. Los vecinos se avisaban unos a otros para que todos miraran hacia arriba, parapetándose de la luz solar con la mano sobre la frente, a modo de visera. El sol nos hería los ojos, y la mujer, su casa y sus ventanas ahora abiertas se nos mostraban como nítidas siluetas chinescas. Nos pareció ver que llevaba un traje de flores raído y que estaba sonriendo. La contemplamos aguantando un poco la respiración, como quien mira al trapecista que de pronto va a realizar una pirueta mortal. Entonces, la mujer levantó ambas manos hasta la altura de la cabeza, y las agitó sin dejar de sonreír. Nos saludaba. Algunos le devolvieron el saludo. Entonces ella sacó un hilo de voz para decir:
-Qué tarde tan linda, ¿no les parece? Les deseo que sean tan felices como yo lo fui en los doce años, seis meses y tres días que faltan para el fin.
Estaba un poco ridícula en su papel de vaticinadora y sus palabras provocaron risas en más de uno. Enseguida, pero sin mustiar la sonrisa, tiró de las puertecillas de las ventanas y las volvió a cerrar para siempre.
Al salir de casa al día siguiente vi a la negra grande aguardar entre una multitud que ocupaba la calle.
-¿Qué reparten? -pregunté, más por costumbre que por curiosidad.
-Las cosas de la vieja -me dijo-. Murió ayer, antes de acostarse.
En el reparto de los objetos personales de la mujer entre los vecinos, la negra consiguió un jarrón con flores de plástico, media docena de preservativos usados, una gallina clueca, un rabo disecado de ratón y tres billetes de autobús del año cincuenta y seis. Al viejito del segundo le dieron el colchón, algunos dientes de murciélago, dos pollos y una cómoda a la que le faltaba una pata. A la señora del portal y a su hija, algunos vestidos viejos, un diente de oro y siete platos de porcelana blanca, algo desconchados, pero útiles. Mi mamá tuvo más suerte. La fortuna la premió con el viejísimo somier, una docena de huevos y tres de cartas de amor escritas en inglés por un gringo desconocido que ella misma nos fue leyendo, a la hora triste de la sobremesa y un ratito cada día, durante meses.
La gramola vino a buscarla un encargado de la Seguridad del Estado. Dijo que se la iban a mandar al gringuito por voluntad de la muerta.
