lunes

Wa Lok


La culpa fue de Iberia y de sus normas referentes al exceso de equipaje. Una maleta por persona de, cómo máximo, 23 kilos, en los vuelos a/desde América y África, con excepción de Brasil; 10 kilos más de equipaje de mano. Todo eso no está pensado para los escritores, que siempre vamos con un cargamento de papel a cuestas.
Lo que me propongo contar ocurrió hace un par de semanas, en la penúltima jornada de la Feria del Libro de Lima. Me invitaron a un almuerzo en un restaurante chino —chifas, los llaman allí— de nombre sonoramente oriental: Wa Lok. Podría haber significado «primera vez», pero la traducción correcta es «grupo de personas con suerte». La realidad es experta en ironías.

Pasé la tarde anterior obsesionada con la maleta. Es difícil calcular el peso exacto de las cosas. Una bolsa de chocolatinas La Ibérica, 500 gramos. Tres botes de crema corporal con olor a orquídeas salvajes del Machu Picchu, 900 gramos. Un ángel de barro, con poncho y tocando la quena: unos 200 gramos (estimado). ¿Cuánto pesa mi neceser? Y cuánto las camisetas, los pantalones, el par de botas y las tres bufandas de lana de alpaca que compré para no morirme de frío en los desangelados pabellones de la Feria del Libro.

Lo más difícil del equipaje siempre son los libros. Cuáles. Cuántos. Para quién. No importa: siempre son demasiados. Sobre la cama, la última tarde, había un par de docenas de ellos y apenas cinco tenían valor real para mí. Ribeyro, Watanabe, Enrique Planas… los mezclé con las botas y las bufandas. Los demás eran de autores casi desconocidos. A la mayoría les conocí cuando se acercaron tras alguna presentación y gentilmente me obsequiaron su obra. Hermosas ediciones, iluminadas con cálidas dedicatorias.

Las ponderé una por una. La prosa de los autores más jóvenes rondaría la media libra de promedio. Una gruesa antología de mujeres poetisas —¡más de cien!— debía de superar los dos kilos. La liviandad de los poemarios contrastaba con las novelas, macizas como el pan sin levadura. Algunos entraron y salieron varias veces de mi equipaje. Mi mala conciencia terminó en insomnio.

Por la mañana, obré con arrestos. Metí los libros en una bolsa de papel. Estimé inoportuno dejarla en el hotel: lo mismo alguna de las chicas de recepción me delataba a mis anfitriones. Salí con ella a la calle. No había papeleras. Hombres de mirada esquinada parecían vigilar mis movimientos. La acera estaba demasiado limpia. Se hacía tarde y, sin solución, tomé un taxi hacia el restaurante. Entonces se me ocurrió algo. Dejé la bolsa tras el asiento del conductor, lo bastante oculta para que nadie pudiera verla. Cuando el taxista la descubriera, no sabría quién la había olvidado. El plan salió bien. El hombre no advirtió nada. Entré en el Wa Lok taciturna, pero, de algún modo, triunfante. El triunfo del traidor.

El almuerzo lo organizaba la Cámara Peruana del Libro. No lo supe hasta ver la mesa preparada para cincuenta comensales. «Es tradicional que los organizadores de la Feria inviten a los escritores participantes», explicó alguien. Fue una velada agradable y ruidosa. Los escritores solemos gozar de un apetito excelente y contamos chistes malísimos. Todo iba bien hasta que se acercó un camarero a anunciar:
—Un taxista trajo esto por si es de alguno de ustedes. Dijo que una señora a quien dejó a la puerta lo olvidó en su carro hace un ratito nomás.

Las miradas de cien ojos convergieron en la pila de libros que acunaba el camarero. La bolsa, en cambio, no había comparecido. Los nombres de los autores parecían saltar en los lomos. Unos y otros comenzaron a reconocerse. Los volúmenes circularon, prestos, de mano en mano. Alguien leyó una dedicatoria en voz alta —tan cariñosa, tan exagerada…—, estallaron risas.

Me dio por recordar la primera vez que estuve en Lima. En aquella ocasión anoté en mi diario una coincidencia simpática. Todos preguntaban: «¿Es la primera vez que visita el Perú?». Y tras mi asentimiento, todos, sin excepción, ya fueran bedeles o notarios, añadían: «¿Y ya fue a Machu Picchu?».

De pronto, durante el almuerzo en el Wa Lok, diez años después, deseé estar en Machu Picchu. Por el hilo musical sonaba una canción de Sade: Never As Good As the First Time. Y también concluí que habría sido más redondo que las palabras Wa Lok significaran otra cosa.

En el aeropuerto, un operario de Iberia me informó de que mi maleta sólo excedía trescientos gramos del peso permitido, segundos antes de echarla sobre la cinta trasbordadora que la puso camino de casa.



* Este cuento fue publicado en UVE, suplemento de El Mundo, el 26 de agosto de 2010.