Sé amable con los mejores de la clase,
porque existen muchas posibilidades
de que termines trabajando
para uno de ellos.
porque existen muchas posibilidades
de que termines trabajando
para uno de ellos.
Bill Gates
He esperado a que se marchara todo el mundo para dar este paseo solitario. Lo considero una especie de ritual, una ceremonia de reencuentro. No con las viejas paredes y lugares, que tan bien conozco, sino conmigo misma. Con mis recuerdos, con aquella que fui hace veinticinco años. He aguardado a estar sola para olvidar todo el trabajo pendiente sobre la mesa, tomar prestadas algunas llaves del casillero y salir a pasear, con la excusa de ver otra vez, después de tanto tiempo, los pasillos, las aulas, los patios... y a los fantasmas de quienes habitaron en ellos.
El último en marcharse ha sido, como siempre, Juan, el conserje. Ha regresado de su ronda diaria después de ver que estaba todo en orden, ha asomado sus mejillas coloradas a través de una rendija de la puerta de mi despacho y ha anunciado:
—Yo ya me marcho, Belén.
Y al ver las pilas de documentos que llenan mi mesa ha exclamado:
—Caray, ¡aquí hay trabajo para dos años! Menos mal que siempre has sido muy eficiente.
Ayer nos quedamos hablando un buen rato. Me dijo que después de casi cuarenta años de trabajo, cree que ha llegado la hora de jubilarse. Me confesó que no se había atrevido a formular esa petición al anterior director, siempre tan serio, porque en el fondo sabe que muchas cosas en el centro dependen de él, que los directores tienen su carrera y mandan mucho pero en el fondo él es el único que sabe qué truco tiene la puerta del gimnasio o dónde se guardan las hojas de examen. Pero que conmigo la cosa es diferente, porque conmigo hay confianza. No porque yo sea una mujer, porque hoy en día las mujeres mandan igual que los hombres, sino porque me conoce desde que era una mocosa lista y retraída de quien siempre sospechó que llegaría lejos.
Al llegar a este punto, Juan ha bajado la cabeza y ha callado, como si no supiera por dónde continuar o como si temiera haber metido la pata. Me ha conmovido su actitud, su debilidad, acostumbrada como estaba a verle siempre como el más fuerte de todos, como el defensor de las causas nobles, como el salvador de las personas en peligro. Sólo se me ha ocurrido decirle:
—Claro que sí, Juan. Te mereces esa jubilación, te la has ganado. Y si el nuevo conserje no consigue abrir la puerta del gimnasio, supongo que no te importará que te llame para que le expliques cómo se hace, ¿verdad?
Su cara se ha iluminado de alegría.
—¡Pues claro, mujer, faltaría más!
—Entonces, en cuanto logre despejar un poco la mesa, nos ponemos con lo de tu jubilación. Prometido.
Creo que su primer impulso ha sido besarme las mejillas. Estaba emocionado. Si se ha contenido, habrá sido porque ha pensado que ya no tengo diez años. Ha dicho:
—Mi mujer se va a poner loca de contenta cuando se lo cuente. Ya me lo decía ella, que te podía pedir este favor porque tú ibas a escucharme.
No quería que Juan me viera emprender este paseo hacia mi memoria. Precisamente él. Por eso he esperado a que se marchara.
En los patios todavía quedan jugadores de fútbol y de baloncesto. No se marcharán hasta dentro de dos horas, por lo menos. Ellos son los últimos colonizadores diarios del centro, pero sólo les interesan los espacios exteriores, jamás las aulas, ni los pasillos, ni la biblioteca, ni el laboratorio. A estas horas, da la impresión que las zonas de clase no son de nadie. Precisamente por eso las siento de mi absoluta propiedad. También los sonidos que las recorren y los olores que las habitan, como si fueran fantasmas, tan antiguos como reacios a abandonar el lugar. Para eso estoy aquí, para volver a encontrarme con estas sombras negras, porque ellas me pertenecen en exclusiva.
Las baldosas blancas y verdes del vestíbulo siempre me parecieron el escenario de una partida silenciosa. A veces jugaba a pisar sólo las blancas, convencida de que ese gesto atraería la buena suerte. Las verdes, en cambio, me parecían aliadas de la desgracia. Si la punta del zapato rozaba una baldosa verde, significaba que a lo largo del día iba a ocurrirme algo malo. Si, por el contrario, no calculaba bien y la mayor parte del pie caía sobre suelo prohibido, la catástrofe me estaría acechando a la vuelta de cualquier esquina.

Luego están los sonidos. Parece que puedo escuchar esa algarabía destemplada de la entrada, a primera hora, cuando todas las voces se unían en una especie de ebullición insoportable. Juan, en la puerta, se quejaba, y mandaba callar a los que alborotaban demasiado. Aunque su jurisdicción acababa donde comienza el pasillo. En aquella época, Juan ejercía de portero desde una garita que habían instalado para él en el vestíbulo. Su aspecto de hombre fuerte nos cohibía, pero mucho más el timbre grave de su voz y, sobre todo, la severidad con que nos miraba. Luego supe, con los años, que su mal genio era impostado, una máscara que se colocaba cada mañana al llegar al trabajo, sólo para hacerse respetar.
Subo la escalera agarrándome al pasamanos, con calma. Los días en que llegaba tarde solía subir estos escalones de tres en tres. Ahora los observo y me pregunto cómo es posible que una niña como yo, que nunca fue muy ágil y que no estaba dotada para los ejercicios gimnásticos, hiciera algo así. ¿Tal vez la urgencia, el temor a llegar tarde o el miedo a llamar la atención me acuciaban hasta ese punto? El miedo, sí. No me importa recordarlo. Más que miedo: terror a llegar tarde. Pavor a ser el centro de las miradas.
A mis doce, trece, catorce años, no había nada peor para mí que entrar en el colegio y descubrir que no quedaba nadie en el vestíbulo. Atravesaba el suelo de ajedrez sin poder dejar de pensar en lo que me esperaba arriba. Subía esta misma escalera a velocidades olímpicas. Llegaba arriba sin resuello, y me detenía a tomar aliento, a controlar mis ataques. En aquella época, cuando me asustaba, tenía dificultades para respirar. Sin concederme apenas dos segundos de tregua, me dirigía hacia la clase. Si el profesor aún no había llegado y en el aula reinaba el desorden previo al inicio de la jornada, me daba por satisfecha. Si, por el contrario, el profesor ya estaba en su lugar y mis compañeros guardaban silencio, sentía que me invadía aquel pánico que tan bien conocía. Más de una vez me había quedado junto a la puerta, maldiciendo mi suerte por llegar cinco minutos tarde, preguntándome si me atrevería a entrar o sería mejor esconderme en uno de los baños hasta que terminara la clase y pudiera entrar sin llamar la atención. Algunas veces me armé de coraje, empujé la puerta y dejé que todas las miradas se clavaran en mí. Anduve hasta mi mesa intentando no hacer caso de los comentarios que escuchaba por el camino, los mismos de otras veces, los que me habían herido ya con anterioridad, los que quería olvidar pero no podía. Y normalmente, la conmiseración del profesor:
—Bueno, basta. Dejad en paz a la pobre Belén.
Y las ganas de llorar siempre bajo control. Porque lo último que se debe hacer en una situación así es llorar. Cuando lloras, has perdido la partida para siempre. Yo lo sabía bien.
Exactamente ésta era el aula. La miro desde fuera, preguntándome si merece la pena entrar. Busco la llave, la introduzco en la cerradura. Recuerdo las baldosas, que figuran cubos y esferas, en un trazado geométrico. Por primera vez le encuentro explicación a recordar tan nítidamente los dibujos que adornan cada uno de los suelos del centro. Reparo en la dolorosa verdad: durante mi niñez y mi adolescencia, miré mucho más al suelo que al frente. Bajé la cabeza siempre, asustada por la idea de enfrentarme, de plantar cara. Y siento una extraña rabia por no haber sabido hacerlo y también una honda lástima por la estudiante que fui, siempre aplicada, mejor que la mayoría, y sin embargo siempre asustada por aquellas a quienes les daba rabia que yo fuera como soy. Y silenciosa, claro. El silencio que siempre fue una consecuencia terrible, pero también uno de los mayores culpables de lo que me ocurría.
Me dirijo ahora a los lavabos. No sé por qué esperaba encontrar los de entonces, con sus puertas de madera oscura y sus baldosas desportilladas formando motivos florales. Era evidente que había que reformarlos. Por eso lo que encuentro sólo se parece en parte a lo que conservo en mi memoria. Me alegro tanto cuando lo veo que me quedo detenida en la puerta, con una expresión que me da risa cuando me descubro en el espejo. Si alguien me viera ahora… pienso. La nueva directora, que llega al instituto avalada por un insuperable expediente académico y después de una brillante carrera en el departamento de educación, se pone nostálgica observando media docena de retretes. Qué cosas.
Yo solía refugiarme en estos baños. Entonces, sus puertas de madera oscura eran de esas que no llegan al suelo, que dejan un hueco de unos veinte centímetros por los que desde fuera se puede ver si hay alguien dentro. A menudo me escondía aquí cuando llegaba tarde, y pasaba una hora completa en este breve espacio custodiado por un retrete sin tapa. Casi siempre, leyendo. A veces, escribiendo mis pensamientos en un cuaderno cuadriculado. También durante el recreo. Era más complicado, porque debía procurar que no me descubrieran. De modo que ideé una manera de encaramarme al retrete para que nadie pudiera ver mis pies desde fuera. No era fácil, pero sin duda yo debía de ser más elástica que ahora, porque lo lograba. Cada vez que alguien empujaba la puerta con intención de entrar al baño, contenía la respiración. Escuchaba sus comentarios desde dentro, muerta de miedo:
—Está atrancada.
O:
—No sé qué pasa, no se abre.
A veces reconocía la voz de Miriam, o de Isabel, o de Carmen, y mi corazón se disparaba. Sabía que no habían de tardar mucho en descubrirme, pero igualmente aguantaba la respiración. Hasta que Miriam se tumbó en el suelo y metió la cabeza por el hueco de la puerta.
—La puerta no está atrancada. Es la asquerosa de Belén. Menudo morro. Vamos a decírselo al director.
En cuanto se fueron —las tres juntas, como siempre— salí del escondrijo y me senté en un banco del patio. Mi corazón no dejaba de galopar a toda velocidad. Desde allí, pude ver al director entrar en el baño de chicas en compañía de las tres delatoras. Me pareció que le molestaba mucho perder su precioso tiempo con aquella falsa acusación, y que por eso las regañaba. Y al hacerlo encendió la ira de la bestia, claro. Porque desde luego, Miriam no iba a perdonarme que la hubiera dejado en ridículo, de eso estaba segura.
Los dos días que siguieron no quise ir al colegio. Fingí que me dolía la tripa, que tenía ganas de vomitar, que estaba muy débil y que me había venido la regla (por este orden). Al tercer día, mi madre consideró que ya era suficiente y me llevó al colegio en su coche. Además, se detuvo frente a la puerta para asegurarse de que entraba. Luego supe que también había ido a hablar con el director, a quien le comunicó su preocupación por mi comportamiento de los últimos días. El director le dijo que no había detectado nada anormal y que no debía preocuparse, porque mi rendimiento académico era, como siempre, excepcional, el mejor de la clase. Yo era, como suele decirse, la empollona del grupo. Aunque también eso iba a cambiar. Recuerdo que aquella mañana, cuando mi madre me dejó en la puerta del centro y esperó a que entrara, lo hice con tanta precipitación que pisé una baldosa verde. Mi pie cayó justo en el centro, como una isla alargada en medio de un mar oscuro. Supe de inmediato que se acercaba algo terrible. Y no me equivoqué.
Es curioso. Descubro que, al igual que en algunos lugares parecen concentrarse los malos recuerdos, hay otros que sólo conservan los buenos. La biblioteca, por ejemplo. Muy pronto descubrí que los libros eran buenos amigos de los solitarios como yo. Ellos no me excluían de sus juegos, no murmuraban cosas desagradables a mi paso ni se burlaban de mi torpeza o de mi inteligencia. Por eso comencé a pasar los recreos en la biblioteca. Fue allí donde conocí a Laura, mi única amiga verdadera de esos tiempos. Tenía un año menos que yo pero iba dos cursos por debajo. No podía salir a jugar al patio porque sufría una enfermedad cardiaca que le impedía realizar ejercicio físico. Era flacucha, de piel muy blanca, y tenía unos ojos azules muy claros, que en un primer momento causaban impresión. Casi no hablaba, y cuando lo hacía era con un tono de voz tan bajito que sus palabras no se escuchaban. Parecía débil como un pájaro.
Recuerdo que lo primero que le dije fue lo afortunada que era por no tener que hacer gimnasia, porque la gimnasia era un asco.
Me miró un poco ausente, levantó la vista del libro, y me dijo:
—A mí me gustaría marcar un gol alguna vez.
Desde entonces, nos encontramos a diario en la biblioteca. Ella estudiaba, o subrayaba algún libro, o leía una novela de aventuras. Me habló de Julio Verne. De Stephen King. De historias cursis de internados que a ella le daban náuseas (pero a mí me despertaban tanta curiosidad como los asesinos o los aventureros que tanto le gustaban). Yo leía todo lo que ella me recomendaba, y a mi vez le hablaba con entusiasmo de mis propias lecturas. Yo entonces jamás había conocido más biblioteca que la de mis padres, donde cohabitaban las leyendas de aparecidos de Bécquer, con el despecho poético de Sor Juana Inés de la Cruz, las rimas consonantes de la exaltación amorosa de José María Pemán o la colección completa de los Premios Planeta... Un día Laura me invitó a su casa y comprendí que nuestra amistad había traspasado la barrera de lo imaginario para adentrarse en el mundo real. Hasta ese momento, sólo habíamos hablado de historias que ocurrían en las páginas de los libros.
Los mismos libros, por cierto, que siguen aquí, alineados en su lugar, esperando a que alguien llegue y los lea. Cojo uno. Miguel Strogoff, de Julio Verne, uno de los primeros que leí por recomendación de Laura, quien lo había descubierto primero. Sus páginas amarillean, huelen a papel viejo. Al final, en un sobre que fue blanco, se conserva la ficha de lectura. Una diminuta cartulina rayada donde la bibliotecaria de entonces anotaba cuidadosamente qué lector había tomado prestado cada volumen. Hace años que dejó de llevarse este registro manual y se sustituyó por otro informático, más moderno y eficaz. Pero la tarjeta sigue ahí, con las esquinas gastadas por el tiempo, exhibiendo la lista de lectores que alguna vez pasaron por estas páginas. Repaso con el dedo índice los años y los nombres hasta que doy con ella: Laura Blasco Quílez. 12 de febrero de 1982. Tres nombres más abajo está el mío. Me gusta reconocerme aquí, en este libro que me trae tan buenos recuerdos. Me alegra que también él me conserve en su memoria.
No pasé por todas las aulas, naturalmente, pero me doy cuenta de que a lo largo de mi vida como estudiante me quedaron pocas por habitar. Me llama la atención cómo los recuerdos acuden a mi llamada en solitario, como si cada lugar pudiera conservar uno y sólo uno. La alacena donde, en quinto, guardábamos el conejillo de indias que se convirtió en nuestra mascota. En honor a nuestro curso, le pusimos Quintiliano. O la pizarra donde descubrí que era miope, en cuarto, y tuvieron que sentarme en las primeras filas a pesar de que siempre fui de las más altas. Hasta que mis padres decidieron llevarme al oculista y él encontró la cura para mi problema, y me mandó usar gafas, las primeras, las que me devolvieron a mi sitio en la última fila. También reconozco el cristal que se hizo añicos durante un recreo, y que hirió a la profesora de inglés, a quien llamábamos la sailentplís, a causa de su muletilla preferida; o el ventanal junto al que se echaba sus interminables siestas el profesor Alarcón, de matemáticas, al solecito tibio de todas las tardes.
Mis pasos me llevan, para terminar la visita, hacia los patios. Aquí, junto a las canchas de baloncesto, sigue estando el gimnasio. Es un espacio grande y bien equipado, el empeño de uno de los antiguos directores por dotar al centro de un lugar digno donde practicar deporte. Lo veo ahora y reconozco que es un privilegio contar con algo así: colchonetas, aparatos, barras de ejercicios, material para practicar gimnasia rítmica, dos plintos, tres potros… Y sin embargo, no puedo apartar de mi mente el tormento que para mí significaba la dosis semanal de educación física.
Miriam y sus amiguitas tuvieron bastante tiempo para tramar su venganza. Para mi desgracia, el día en que regresé al colegio después del incidente del lavabo fue, precisamente, un jueves. Y los jueves tocaba gimnasia. Ya en el vestuario comencé a confirmar todos mis temores. Miriam, Carmen e Isabel me dirigían miradas a cada rato, sonreían de aquel modo que a mí me daba tanto miedo y hablaban entre ellas cuchicheando.
Continuaron haciéndolo durante las dos horas en que estuvimos en el gimnasio. Se reían como hienas, al mirarme. Se burlaban de mi escasa agilidad, o de mi físico, o de mi chándal, de cualquier cosa. Hacían que el resto de la clase se riera también. Decían:
—Tienes que aprender a saltar, asquerosa.
O bien:
—Te pesa el culo, Ramírez.
También murmuraban aquellos insultos que nunca más he sido capaz de repetir. Es curioso, ni siquiera ahora que soy adulta puedo hacerlo, como si su sola mención me ensuciara, me convirtiera en alguien peor de la que soy.
Aquella tarde, cuando entré a los vestuarios después de la clase, mi ropa estaba allí. Me duché de las últimas, como siempre, después de que Miriam y sus amigas lo hicieran. Siempre me comportaba así por miedo, para que no se metieran conmigo, para no tener que soportarlas.

Se valieron de eso. Sabían que las evitaba, que las temía. Aprovecharon cuando entré en la ducha para robarme la ropa. Luego se llevaron también el chándal, y la toalla. Y mi bolsa. Y todo lo que me pertenecía. Aquel día entré algo más tarde de lo habitual en la ducha porque me entretuve hablando con Marta, la delegada. Me preguntó por los deberes, por el trabajo de sociales, por el examen de matemáticas. Me dijo que había estado enferma últimamente y que no tenía ni idea de lo que habían mandado los profesores y que, como yo siempre estaba al día y tenía tanta fama de empollona, seguro que podía ayudarla. Por supuesto que la ayudé. Incluso me sentí honrada de que necesitara mi ayuda. Qué idiota. No me di cuenta hasta mucho después de que Marta estaba colaborando con Miriam y las demás, de que se había convertido en su cómplice.
El plan les salió a la perfección. El vestuario quedó desierto. Cuando decidí salir de la ducha, apenas se oía a nadie afuera. No encontré la toalla sobre la puerta, donde la había dejado. Pensé que se había caído y busqué por debajo, pero tampoco logré dar con ella. Intenté abrir por si se había quedado fuera de mi alcance y fue entonces cuando me di cuenta de que habían atrancado la puerta por fuera. Forcejeé un poco, pero fue inútil. Allí estaba, desnuda en la ducha, muerta de frío, sola. Un animalito idiota que acaba de caer en una trampa. Lo único que se me ocurrió fue pedir socorro.
—Por favor, ¿alguien puede abrir la puerta?
Me contestó la voz de Miriam:
—Te jodes, Ramírez. Y esta vez no nos delates o la próxima será peor.
Escuché más risas. Reconocí a Carmen, a Isabel, a Marta, tal vez a alguien más. Me pareció que había también voces masculinas. De modo que el complot era universal, cósmico, insufrible. Grité. Con todas mis fuerzas.
—¡Por favor! ¡Estoy desnuda! ¡Hace frío!
—Se han ido todos, asquerosa. Si quieres salir, aprende a saltar, que buena falta te hace.
A continuación escuché que la puerta se cerraba desde fuera. Dos vueltas de llave. Recordé que Miriam era aquella tarde la encargada de cerrar los vestuarios y devolverle la llave al conserje. Pensé que no tenía escapatoria. Que lo habían tramado todo a la perfección.
Tardaron más de seis horas en encontrarme. Fue Juan. Cuando escuché que alguien daba vueltas a la llave, estaba harta de llorar, congelada, encogida en un rincón. No había conseguido salir de allí, a pesar de haberlo intentado de todas formas. No me atrevía a saltar las mamparas de las duchas, no logré desatrancar la cerradura, no cabía por debajo de la puerta ni reptando como una anguila sobre las baldosas. No tenía escapatoria. Y podría haber sido peor: podría haberme quedado allí hasta el día siguiente, o hasta que mis padres me echaran de menos. Si tuve tanta suerte fue porque Juan jamás se va del centro sin hacer su última ronda. Y aquella tarde, algún presentimiento le llevó a abrir la puerta de los vestuarios femeninos. Él explicó que le había alertado no sé qué cosa del agua. El caso es que escuché sus pasos y me atreví a gritar:
—¡Estoy aquí! ¡Me han encerrado!
Se acercó en seguida. Desatrancó la puerta (la habían sujetado con un pedazo de alambre) y me rescató. Bueno, primero fue a buscar una toalla, porque cuando supo que estaba desnuda creo que se sintió más asustado que yo.
Al día siguiente, en el colegio no se hablaba de otra cosa. La voz había corrido sin que yo me explicara cómo (aunque estaba clarísimo: habían sido ellas, Miriam y sus compinches). Todos me miraban por los pasillos, cuchicheando. En cambio yo, no podía mirar a nadie a la cara. Ni a Miriam, ni a Carmen ni a Isabel ni a Marta ni, en realidad, a ninguno de mis compañeros, que si no habían participado en la burla cruel, habían actuado como mudos testigos. Durante unos días esperé a que alguno me ayudara y les delatara. Todos sabían quién había sido. Pero nadie lo hizo. Tampoco nadie habló del tema. El silencio se había cerrado sobre mí.
Después del recreo, me llamó el director a su despacho. Recuerdo que cuando entré en aquel lugar por primera vez, me pareció horriblemente triste y oscuro. Había retratos de señores antiguos colgados por las paredes, y la mesa era de madera oscura, casi negra, lúgubre. Me senté en el sillón, frente a él, y esperé a que lanzara la pregunta que estaba esperando:
—Quiero que me digas quiénes fueron.
Callé. El corazón me latía a mil por hora. Desde luego, no pensaba delatarlas. No quería arriesgarme a una agresión aún mayor.
—Sólo tienes que decirme sus nombres. Tengo alguna sospecha, pero necesito que me la confirmes para que todo el mundo reciba lo que se merece.
—¿Cuál sería el castigo? —pregunté.
—La expulsión, por supuesto —dijo. Por un momento, vi el cielo abierto. Pensé que podría librarme de ellas. Pero a continuación el director añadió: —Durante diez días, por lo menos.
Comprendí que no había nada que hacer.
—Fue un accidente —dije—. Fue culpa mía.
El director me lanzó una mirada incrédula.
—¿A quién quieres engañar, Belén? Todos sabemos que han sido algunas de tus compañeras. Tienes que decirme sus nombres.
Una voz en mi interior gritaba, rabiosa: «Miriam Esteban Pérez», «Carmen Galán Soria», «Isabel Martín Segura», «Marta Cuéllar Santolaya»… Pero era una voz interior muy débil, ahogada por mi miedo a hablar, por mi terror a que volviera a ocurrir. Por mi pánico. Como siempre.
Por supuesto, tampoco en casa dije nada. Mi madre me preguntó qué había pasado en los vestuarios y yo me limité a decirle que había sido una broma, que todo el mundo gasta bromas, que no tenía importancia. Ella insistió, quiso saber si ese acoso que estaba sufriendo era el causante del bajo rendimiento del que últimamente hablaban mis profesores. Me enfadé con ella. Creo que grité.
—A mí no me acosa nadie —dije—. Ni se te ocurra decirle eso al director.
Aquel trimestre suspendí tres, por primera vez en mi vida. Pero mi madre, que terminó por creerme, lo achacó a otras causas: el desconcierto propio de la pubertad, la aparición de algún pasatiempo nuevo o algún enamoramiento inexistente.
Lo peor que tiene la miopía de ciertos adultos es que no se cura poniéndoles gafas.
Entro en los vestuarios de las chicas y no puedo evitar sentir un escalofrío. Las duchas ya no son como entonces. Las cerraduras las cambiaron por otras más seguras poco después de mi incidente. El resto, lo fueron remodelando en diversas etapas. Ahora no sería posible encerrar a nadie. Juan nunca más se ha ido del centro sin revisar una por una las estancias, incluido el gimnasio y los vestuarios. Las peores cosas que nos ocurren dejan enseñanzas importantes en aquellos que saben escucharlas. También el tiempo ayuda. Atravieso la puerta del vestuario y reconozco que, por fortuna, ya no soy la misma de entonces.
Ha anochecido. Vuelvo al despacho y llamo a casa. Le digo a Óscar que no tardaré en llegar, que no empiece a bañar a nuestro hijo sin mí, que se me ha hecho un poco tarde con el lío del primer día. Reviso las pilas de papeles que tengo sobre la mesa, intento poner un poco de orden. Hago varios montones: cuestiones académicas, expedientes de alumnos, listas de proveedores, currículos de posibles aspirantes a profesores y personal... Esta tarde he estado ojeando esta última, porque hay un par de plazas que el centro necesita cubrir con urgencia. De modo que mi etapa en mi antiguo colegio comenzará haciendo crecer la plantilla.
Ojeo de nuevo las solicitudes y los currículos. Sé lo que voy a encontrar, sólo busco ponerle un cierre coherente a este primer día. Me detengo en la fotografía que acompaña una de las solicitudes. Es una mujer de mi edad, de mirada penetrante, pelo rizado y rubio, guapa. Su currículo viene acompañado de una nota manuscrita:
Observo la foto durante unos minutos y me sorprende que no me despierte ningún sentimiento. Recuerdo las palabras de Laura, a quien nunca volví a ver después de aquel curso. En el fondo, pienso, ella y yo teníamos el mismo deseo.
Arrugo el currículo de Miriam y lo arrojo a la papelera, que está al otro lado de la mesa. La bola de papel describe una parábola perfecta y cae dentro del cubo metálico. Justo en el centro.
Gol.

El último en marcharse ha sido, como siempre, Juan, el conserje. Ha regresado de su ronda diaria después de ver que estaba todo en orden, ha asomado sus mejillas coloradas a través de una rendija de la puerta de mi despacho y ha anunciado:
—Yo ya me marcho, Belén.
Y al ver las pilas de documentos que llenan mi mesa ha exclamado:
—Caray, ¡aquí hay trabajo para dos años! Menos mal que siempre has sido muy eficiente.
Ayer nos quedamos hablando un buen rato. Me dijo que después de casi cuarenta años de trabajo, cree que ha llegado la hora de jubilarse. Me confesó que no se había atrevido a formular esa petición al anterior director, siempre tan serio, porque en el fondo sabe que muchas cosas en el centro dependen de él, que los directores tienen su carrera y mandan mucho pero en el fondo él es el único que sabe qué truco tiene la puerta del gimnasio o dónde se guardan las hojas de examen. Pero que conmigo la cosa es diferente, porque conmigo hay confianza. No porque yo sea una mujer, porque hoy en día las mujeres mandan igual que los hombres, sino porque me conoce desde que era una mocosa lista y retraída de quien siempre sospechó que llegaría lejos.
Al llegar a este punto, Juan ha bajado la cabeza y ha callado, como si no supiera por dónde continuar o como si temiera haber metido la pata. Me ha conmovido su actitud, su debilidad, acostumbrada como estaba a verle siempre como el más fuerte de todos, como el defensor de las causas nobles, como el salvador de las personas en peligro. Sólo se me ha ocurrido decirle:
—Claro que sí, Juan. Te mereces esa jubilación, te la has ganado. Y si el nuevo conserje no consigue abrir la puerta del gimnasio, supongo que no te importará que te llame para que le expliques cómo se hace, ¿verdad?
Su cara se ha iluminado de alegría.
—¡Pues claro, mujer, faltaría más!
—Entonces, en cuanto logre despejar un poco la mesa, nos ponemos con lo de tu jubilación. Prometido.
Creo que su primer impulso ha sido besarme las mejillas. Estaba emocionado. Si se ha contenido, habrá sido porque ha pensado que ya no tengo diez años. Ha dicho:
—Mi mujer se va a poner loca de contenta cuando se lo cuente. Ya me lo decía ella, que te podía pedir este favor porque tú ibas a escucharme.
No quería que Juan me viera emprender este paseo hacia mi memoria. Precisamente él. Por eso he esperado a que se marchara.
En los patios todavía quedan jugadores de fútbol y de baloncesto. No se marcharán hasta dentro de dos horas, por lo menos. Ellos son los últimos colonizadores diarios del centro, pero sólo les interesan los espacios exteriores, jamás las aulas, ni los pasillos, ni la biblioteca, ni el laboratorio. A estas horas, da la impresión que las zonas de clase no son de nadie. Precisamente por eso las siento de mi absoluta propiedad. También los sonidos que las recorren y los olores que las habitan, como si fueran fantasmas, tan antiguos como reacios a abandonar el lugar. Para eso estoy aquí, para volver a encontrarme con estas sombras negras, porque ellas me pertenecen en exclusiva.
Las baldosas blancas y verdes del vestíbulo siempre me parecieron el escenario de una partida silenciosa. A veces jugaba a pisar sólo las blancas, convencida de que ese gesto atraería la buena suerte. Las verdes, en cambio, me parecían aliadas de la desgracia. Si la punta del zapato rozaba una baldosa verde, significaba que a lo largo del día iba a ocurrirme algo malo. Si, por el contrario, no calculaba bien y la mayor parte del pie caía sobre suelo prohibido, la catástrofe me estaría acechando a la vuelta de cualquier esquina.
Luego están los sonidos. Parece que puedo escuchar esa algarabía destemplada de la entrada, a primera hora, cuando todas las voces se unían en una especie de ebullición insoportable. Juan, en la puerta, se quejaba, y mandaba callar a los que alborotaban demasiado. Aunque su jurisdicción acababa donde comienza el pasillo. En aquella época, Juan ejercía de portero desde una garita que habían instalado para él en el vestíbulo. Su aspecto de hombre fuerte nos cohibía, pero mucho más el timbre grave de su voz y, sobre todo, la severidad con que nos miraba. Luego supe, con los años, que su mal genio era impostado, una máscara que se colocaba cada mañana al llegar al trabajo, sólo para hacerse respetar.
Subo la escalera agarrándome al pasamanos, con calma. Los días en que llegaba tarde solía subir estos escalones de tres en tres. Ahora los observo y me pregunto cómo es posible que una niña como yo, que nunca fue muy ágil y que no estaba dotada para los ejercicios gimnásticos, hiciera algo así. ¿Tal vez la urgencia, el temor a llegar tarde o el miedo a llamar la atención me acuciaban hasta ese punto? El miedo, sí. No me importa recordarlo. Más que miedo: terror a llegar tarde. Pavor a ser el centro de las miradas.
A mis doce, trece, catorce años, no había nada peor para mí que entrar en el colegio y descubrir que no quedaba nadie en el vestíbulo. Atravesaba el suelo de ajedrez sin poder dejar de pensar en lo que me esperaba arriba. Subía esta misma escalera a velocidades olímpicas. Llegaba arriba sin resuello, y me detenía a tomar aliento, a controlar mis ataques. En aquella época, cuando me asustaba, tenía dificultades para respirar. Sin concederme apenas dos segundos de tregua, me dirigía hacia la clase. Si el profesor aún no había llegado y en el aula reinaba el desorden previo al inicio de la jornada, me daba por satisfecha. Si, por el contrario, el profesor ya estaba en su lugar y mis compañeros guardaban silencio, sentía que me invadía aquel pánico que tan bien conocía. Más de una vez me había quedado junto a la puerta, maldiciendo mi suerte por llegar cinco minutos tarde, preguntándome si me atrevería a entrar o sería mejor esconderme en uno de los baños hasta que terminara la clase y pudiera entrar sin llamar la atención. Algunas veces me armé de coraje, empujé la puerta y dejé que todas las miradas se clavaran en mí. Anduve hasta mi mesa intentando no hacer caso de los comentarios que escuchaba por el camino, los mismos de otras veces, los que me habían herido ya con anterioridad, los que quería olvidar pero no podía. Y normalmente, la conmiseración del profesor:
—Bueno, basta. Dejad en paz a la pobre Belén.
Y las ganas de llorar siempre bajo control. Porque lo último que se debe hacer en una situación así es llorar. Cuando lloras, has perdido la partida para siempre. Yo lo sabía bien.
Exactamente ésta era el aula. La miro desde fuera, preguntándome si merece la pena entrar. Busco la llave, la introduzco en la cerradura. Recuerdo las baldosas, que figuran cubos y esferas, en un trazado geométrico. Por primera vez le encuentro explicación a recordar tan nítidamente los dibujos que adornan cada uno de los suelos del centro. Reparo en la dolorosa verdad: durante mi niñez y mi adolescencia, miré mucho más al suelo que al frente. Bajé la cabeza siempre, asustada por la idea de enfrentarme, de plantar cara. Y siento una extraña rabia por no haber sabido hacerlo y también una honda lástima por la estudiante que fui, siempre aplicada, mejor que la mayoría, y sin embargo siempre asustada por aquellas a quienes les daba rabia que yo fuera como soy. Y silenciosa, claro. El silencio que siempre fue una consecuencia terrible, pero también uno de los mayores culpables de lo que me ocurría.
Me dirijo ahora a los lavabos. No sé por qué esperaba encontrar los de entonces, con sus puertas de madera oscura y sus baldosas desportilladas formando motivos florales. Era evidente que había que reformarlos. Por eso lo que encuentro sólo se parece en parte a lo que conservo en mi memoria. Me alegro tanto cuando lo veo que me quedo detenida en la puerta, con una expresión que me da risa cuando me descubro en el espejo. Si alguien me viera ahora… pienso. La nueva directora, que llega al instituto avalada por un insuperable expediente académico y después de una brillante carrera en el departamento de educación, se pone nostálgica observando media docena de retretes. Qué cosas.
Yo solía refugiarme en estos baños. Entonces, sus puertas de madera oscura eran de esas que no llegan al suelo, que dejan un hueco de unos veinte centímetros por los que desde fuera se puede ver si hay alguien dentro. A menudo me escondía aquí cuando llegaba tarde, y pasaba una hora completa en este breve espacio custodiado por un retrete sin tapa. Casi siempre, leyendo. A veces, escribiendo mis pensamientos en un cuaderno cuadriculado. También durante el recreo. Era más complicado, porque debía procurar que no me descubrieran. De modo que ideé una manera de encaramarme al retrete para que nadie pudiera ver mis pies desde fuera. No era fácil, pero sin duda yo debía de ser más elástica que ahora, porque lo lograba. Cada vez que alguien empujaba la puerta con intención de entrar al baño, contenía la respiración. Escuchaba sus comentarios desde dentro, muerta de miedo:
—Está atrancada.
O:
—No sé qué pasa, no se abre.
A veces reconocía la voz de Miriam, o de Isabel, o de Carmen, y mi corazón se disparaba. Sabía que no habían de tardar mucho en descubrirme, pero igualmente aguantaba la respiración. Hasta que Miriam se tumbó en el suelo y metió la cabeza por el hueco de la puerta.
—La puerta no está atrancada. Es la asquerosa de Belén. Menudo morro. Vamos a decírselo al director.
En cuanto se fueron —las tres juntas, como siempre— salí del escondrijo y me senté en un banco del patio. Mi corazón no dejaba de galopar a toda velocidad. Desde allí, pude ver al director entrar en el baño de chicas en compañía de las tres delatoras. Me pareció que le molestaba mucho perder su precioso tiempo con aquella falsa acusación, y que por eso las regañaba. Y al hacerlo encendió la ira de la bestia, claro. Porque desde luego, Miriam no iba a perdonarme que la hubiera dejado en ridículo, de eso estaba segura.
Los dos días que siguieron no quise ir al colegio. Fingí que me dolía la tripa, que tenía ganas de vomitar, que estaba muy débil y que me había venido la regla (por este orden). Al tercer día, mi madre consideró que ya era suficiente y me llevó al colegio en su coche. Además, se detuvo frente a la puerta para asegurarse de que entraba. Luego supe que también había ido a hablar con el director, a quien le comunicó su preocupación por mi comportamiento de los últimos días. El director le dijo que no había detectado nada anormal y que no debía preocuparse, porque mi rendimiento académico era, como siempre, excepcional, el mejor de la clase. Yo era, como suele decirse, la empollona del grupo. Aunque también eso iba a cambiar. Recuerdo que aquella mañana, cuando mi madre me dejó en la puerta del centro y esperó a que entrara, lo hice con tanta precipitación que pisé una baldosa verde. Mi pie cayó justo en el centro, como una isla alargada en medio de un mar oscuro. Supe de inmediato que se acercaba algo terrible. Y no me equivoqué.
Es curioso. Descubro que, al igual que en algunos lugares parecen concentrarse los malos recuerdos, hay otros que sólo conservan los buenos. La biblioteca, por ejemplo. Muy pronto descubrí que los libros eran buenos amigos de los solitarios como yo. Ellos no me excluían de sus juegos, no murmuraban cosas desagradables a mi paso ni se burlaban de mi torpeza o de mi inteligencia. Por eso comencé a pasar los recreos en la biblioteca. Fue allí donde conocí a Laura, mi única amiga verdadera de esos tiempos. Tenía un año menos que yo pero iba dos cursos por debajo. No podía salir a jugar al patio porque sufría una enfermedad cardiaca que le impedía realizar ejercicio físico. Era flacucha, de piel muy blanca, y tenía unos ojos azules muy claros, que en un primer momento causaban impresión. Casi no hablaba, y cuando lo hacía era con un tono de voz tan bajito que sus palabras no se escuchaban. Parecía débil como un pájaro.
Recuerdo que lo primero que le dije fue lo afortunada que era por no tener que hacer gimnasia, porque la gimnasia era un asco.
Me miró un poco ausente, levantó la vista del libro, y me dijo:
—A mí me gustaría marcar un gol alguna vez.
Desde entonces, nos encontramos a diario en la biblioteca. Ella estudiaba, o subrayaba algún libro, o leía una novela de aventuras. Me habló de Julio Verne. De Stephen King. De historias cursis de internados que a ella le daban náuseas (pero a mí me despertaban tanta curiosidad como los asesinos o los aventureros que tanto le gustaban). Yo leía todo lo que ella me recomendaba, y a mi vez le hablaba con entusiasmo de mis propias lecturas. Yo entonces jamás había conocido más biblioteca que la de mis padres, donde cohabitaban las leyendas de aparecidos de Bécquer, con el despecho poético de Sor Juana Inés de la Cruz, las rimas consonantes de la exaltación amorosa de José María Pemán o la colección completa de los Premios Planeta... Un día Laura me invitó a su casa y comprendí que nuestra amistad había traspasado la barrera de lo imaginario para adentrarse en el mundo real. Hasta ese momento, sólo habíamos hablado de historias que ocurrían en las páginas de los libros.
Los mismos libros, por cierto, que siguen aquí, alineados en su lugar, esperando a que alguien llegue y los lea. Cojo uno. Miguel Strogoff, de Julio Verne, uno de los primeros que leí por recomendación de Laura, quien lo había descubierto primero. Sus páginas amarillean, huelen a papel viejo. Al final, en un sobre que fue blanco, se conserva la ficha de lectura. Una diminuta cartulina rayada donde la bibliotecaria de entonces anotaba cuidadosamente qué lector había tomado prestado cada volumen. Hace años que dejó de llevarse este registro manual y se sustituyó por otro informático, más moderno y eficaz. Pero la tarjeta sigue ahí, con las esquinas gastadas por el tiempo, exhibiendo la lista de lectores que alguna vez pasaron por estas páginas. Repaso con el dedo índice los años y los nombres hasta que doy con ella: Laura Blasco Quílez. 12 de febrero de 1982. Tres nombres más abajo está el mío. Me gusta reconocerme aquí, en este libro que me trae tan buenos recuerdos. Me alegra que también él me conserve en su memoria.
No pasé por todas las aulas, naturalmente, pero me doy cuenta de que a lo largo de mi vida como estudiante me quedaron pocas por habitar. Me llama la atención cómo los recuerdos acuden a mi llamada en solitario, como si cada lugar pudiera conservar uno y sólo uno. La alacena donde, en quinto, guardábamos el conejillo de indias que se convirtió en nuestra mascota. En honor a nuestro curso, le pusimos Quintiliano. O la pizarra donde descubrí que era miope, en cuarto, y tuvieron que sentarme en las primeras filas a pesar de que siempre fui de las más altas. Hasta que mis padres decidieron llevarme al oculista y él encontró la cura para mi problema, y me mandó usar gafas, las primeras, las que me devolvieron a mi sitio en la última fila. También reconozco el cristal que se hizo añicos durante un recreo, y que hirió a la profesora de inglés, a quien llamábamos la sailentplís, a causa de su muletilla preferida; o el ventanal junto al que se echaba sus interminables siestas el profesor Alarcón, de matemáticas, al solecito tibio de todas las tardes.
Mis pasos me llevan, para terminar la visita, hacia los patios. Aquí, junto a las canchas de baloncesto, sigue estando el gimnasio. Es un espacio grande y bien equipado, el empeño de uno de los antiguos directores por dotar al centro de un lugar digno donde practicar deporte. Lo veo ahora y reconozco que es un privilegio contar con algo así: colchonetas, aparatos, barras de ejercicios, material para practicar gimnasia rítmica, dos plintos, tres potros… Y sin embargo, no puedo apartar de mi mente el tormento que para mí significaba la dosis semanal de educación física.
Miriam y sus amiguitas tuvieron bastante tiempo para tramar su venganza. Para mi desgracia, el día en que regresé al colegio después del incidente del lavabo fue, precisamente, un jueves. Y los jueves tocaba gimnasia. Ya en el vestuario comencé a confirmar todos mis temores. Miriam, Carmen e Isabel me dirigían miradas a cada rato, sonreían de aquel modo que a mí me daba tanto miedo y hablaban entre ellas cuchicheando.
Continuaron haciéndolo durante las dos horas en que estuvimos en el gimnasio. Se reían como hienas, al mirarme. Se burlaban de mi escasa agilidad, o de mi físico, o de mi chándal, de cualquier cosa. Hacían que el resto de la clase se riera también. Decían:
—Tienes que aprender a saltar, asquerosa.
O bien:
—Te pesa el culo, Ramírez.
También murmuraban aquellos insultos que nunca más he sido capaz de repetir. Es curioso, ni siquiera ahora que soy adulta puedo hacerlo, como si su sola mención me ensuciara, me convirtiera en alguien peor de la que soy.
Aquella tarde, cuando entré a los vestuarios después de la clase, mi ropa estaba allí. Me duché de las últimas, como siempre, después de que Miriam y sus amigas lo hicieran. Siempre me comportaba así por miedo, para que no se metieran conmigo, para no tener que soportarlas.
Se valieron de eso. Sabían que las evitaba, que las temía. Aprovecharon cuando entré en la ducha para robarme la ropa. Luego se llevaron también el chándal, y la toalla. Y mi bolsa. Y todo lo que me pertenecía. Aquel día entré algo más tarde de lo habitual en la ducha porque me entretuve hablando con Marta, la delegada. Me preguntó por los deberes, por el trabajo de sociales, por el examen de matemáticas. Me dijo que había estado enferma últimamente y que no tenía ni idea de lo que habían mandado los profesores y que, como yo siempre estaba al día y tenía tanta fama de empollona, seguro que podía ayudarla. Por supuesto que la ayudé. Incluso me sentí honrada de que necesitara mi ayuda. Qué idiota. No me di cuenta hasta mucho después de que Marta estaba colaborando con Miriam y las demás, de que se había convertido en su cómplice.
El plan les salió a la perfección. El vestuario quedó desierto. Cuando decidí salir de la ducha, apenas se oía a nadie afuera. No encontré la toalla sobre la puerta, donde la había dejado. Pensé que se había caído y busqué por debajo, pero tampoco logré dar con ella. Intenté abrir por si se había quedado fuera de mi alcance y fue entonces cuando me di cuenta de que habían atrancado la puerta por fuera. Forcejeé un poco, pero fue inútil. Allí estaba, desnuda en la ducha, muerta de frío, sola. Un animalito idiota que acaba de caer en una trampa. Lo único que se me ocurrió fue pedir socorro.
—Por favor, ¿alguien puede abrir la puerta?
Me contestó la voz de Miriam:
—Te jodes, Ramírez. Y esta vez no nos delates o la próxima será peor.
Escuché más risas. Reconocí a Carmen, a Isabel, a Marta, tal vez a alguien más. Me pareció que había también voces masculinas. De modo que el complot era universal, cósmico, insufrible. Grité. Con todas mis fuerzas.
—¡Por favor! ¡Estoy desnuda! ¡Hace frío!
—Se han ido todos, asquerosa. Si quieres salir, aprende a saltar, que buena falta te hace.
A continuación escuché que la puerta se cerraba desde fuera. Dos vueltas de llave. Recordé que Miriam era aquella tarde la encargada de cerrar los vestuarios y devolverle la llave al conserje. Pensé que no tenía escapatoria. Que lo habían tramado todo a la perfección.
Tardaron más de seis horas en encontrarme. Fue Juan. Cuando escuché que alguien daba vueltas a la llave, estaba harta de llorar, congelada, encogida en un rincón. No había conseguido salir de allí, a pesar de haberlo intentado de todas formas. No me atrevía a saltar las mamparas de las duchas, no logré desatrancar la cerradura, no cabía por debajo de la puerta ni reptando como una anguila sobre las baldosas. No tenía escapatoria. Y podría haber sido peor: podría haberme quedado allí hasta el día siguiente, o hasta que mis padres me echaran de menos. Si tuve tanta suerte fue porque Juan jamás se va del centro sin hacer su última ronda. Y aquella tarde, algún presentimiento le llevó a abrir la puerta de los vestuarios femeninos. Él explicó que le había alertado no sé qué cosa del agua. El caso es que escuché sus pasos y me atreví a gritar:
—¡Estoy aquí! ¡Me han encerrado!
Se acercó en seguida. Desatrancó la puerta (la habían sujetado con un pedazo de alambre) y me rescató. Bueno, primero fue a buscar una toalla, porque cuando supo que estaba desnuda creo que se sintió más asustado que yo.
Al día siguiente, en el colegio no se hablaba de otra cosa. La voz había corrido sin que yo me explicara cómo (aunque estaba clarísimo: habían sido ellas, Miriam y sus compinches). Todos me miraban por los pasillos, cuchicheando. En cambio yo, no podía mirar a nadie a la cara. Ni a Miriam, ni a Carmen ni a Isabel ni a Marta ni, en realidad, a ninguno de mis compañeros, que si no habían participado en la burla cruel, habían actuado como mudos testigos. Durante unos días esperé a que alguno me ayudara y les delatara. Todos sabían quién había sido. Pero nadie lo hizo. Tampoco nadie habló del tema. El silencio se había cerrado sobre mí.
Después del recreo, me llamó el director a su despacho. Recuerdo que cuando entré en aquel lugar por primera vez, me pareció horriblemente triste y oscuro. Había retratos de señores antiguos colgados por las paredes, y la mesa era de madera oscura, casi negra, lúgubre. Me senté en el sillón, frente a él, y esperé a que lanzara la pregunta que estaba esperando:
—Quiero que me digas quiénes fueron.
Callé. El corazón me latía a mil por hora. Desde luego, no pensaba delatarlas. No quería arriesgarme a una agresión aún mayor.
—Sólo tienes que decirme sus nombres. Tengo alguna sospecha, pero necesito que me la confirmes para que todo el mundo reciba lo que se merece.
—¿Cuál sería el castigo? —pregunté.
—La expulsión, por supuesto —dijo. Por un momento, vi el cielo abierto. Pensé que podría librarme de ellas. Pero a continuación el director añadió: —Durante diez días, por lo menos.
Comprendí que no había nada que hacer.
—Fue un accidente —dije—. Fue culpa mía.
El director me lanzó una mirada incrédula.
—¿A quién quieres engañar, Belén? Todos sabemos que han sido algunas de tus compañeras. Tienes que decirme sus nombres.
Una voz en mi interior gritaba, rabiosa: «Miriam Esteban Pérez», «Carmen Galán Soria», «Isabel Martín Segura», «Marta Cuéllar Santolaya»… Pero era una voz interior muy débil, ahogada por mi miedo a hablar, por mi terror a que volviera a ocurrir. Por mi pánico. Como siempre.
Por supuesto, tampoco en casa dije nada. Mi madre me preguntó qué había pasado en los vestuarios y yo me limité a decirle que había sido una broma, que todo el mundo gasta bromas, que no tenía importancia. Ella insistió, quiso saber si ese acoso que estaba sufriendo era el causante del bajo rendimiento del que últimamente hablaban mis profesores. Me enfadé con ella. Creo que grité.
—A mí no me acosa nadie —dije—. Ni se te ocurra decirle eso al director.
Aquel trimestre suspendí tres, por primera vez en mi vida. Pero mi madre, que terminó por creerme, lo achacó a otras causas: el desconcierto propio de la pubertad, la aparición de algún pasatiempo nuevo o algún enamoramiento inexistente.
Lo peor que tiene la miopía de ciertos adultos es que no se cura poniéndoles gafas.
Entro en los vestuarios de las chicas y no puedo evitar sentir un escalofrío. Las duchas ya no son como entonces. Las cerraduras las cambiaron por otras más seguras poco después de mi incidente. El resto, lo fueron remodelando en diversas etapas. Ahora no sería posible encerrar a nadie. Juan nunca más se ha ido del centro sin revisar una por una las estancias, incluido el gimnasio y los vestuarios. Las peores cosas que nos ocurren dejan enseñanzas importantes en aquellos que saben escucharlas. También el tiempo ayuda. Atravieso la puerta del vestuario y reconozco que, por fortuna, ya no soy la misma de entonces.
Ha anochecido. Vuelvo al despacho y llamo a casa. Le digo a Óscar que no tardaré en llegar, que no empiece a bañar a nuestro hijo sin mí, que se me ha hecho un poco tarde con el lío del primer día. Reviso las pilas de papeles que tengo sobre la mesa, intento poner un poco de orden. Hago varios montones: cuestiones académicas, expedientes de alumnos, listas de proveedores, currículos de posibles aspirantes a profesores y personal... Esta tarde he estado ojeando esta última, porque hay un par de plazas que el centro necesita cubrir con urgencia. De modo que mi etapa en mi antiguo colegio comenzará haciendo crecer la plantilla.
Ojeo de nuevo las solicitudes y los currículos. Sé lo que voy a encontrar, sólo busco ponerle un cierre coherente a este primer día. Me detengo en la fotografía que acompaña una de las solicitudes. Es una mujer de mi edad, de mirada penetrante, pelo rizado y rubio, guapa. Su currículo viene acompañado de una nota manuscrita:
Querida Belén:
Me he alegrado mucho al saber que eres la nueva directora de nuestro antiguo colegio. Por eso me he animado a escribirte en seguida, con la esperanza de que puedas comprender mi situación. Enviudé hace seis meses, y no tengo trabajo desde que tuve a mi hija (tiene cinco años). Te hago llegar mi currículo, donde verás que tengo experiencia como profesora (de Literatura) y que mi expediente académico no es malo (aunque tampoco tan brillante como el tuyo). Te lo pido como un favor personal, porque lo necesito de verdad. Si no fuera así, sabes bien que no me atrevería a hacerlo. Al margen de eso, quiero añadir que desde hace tiempo sigo tu trayectoria y tus éxitos, y siempre me he alegrado mucho por ellos.
Te mando un abrazo. Tu antigua compañera
Me he alegrado mucho al saber que eres la nueva directora de nuestro antiguo colegio. Por eso me he animado a escribirte en seguida, con la esperanza de que puedas comprender mi situación. Enviudé hace seis meses, y no tengo trabajo desde que tuve a mi hija (tiene cinco años). Te hago llegar mi currículo, donde verás que tengo experiencia como profesora (de Literatura) y que mi expediente académico no es malo (aunque tampoco tan brillante como el tuyo). Te lo pido como un favor personal, porque lo necesito de verdad. Si no fuera así, sabes bien que no me atrevería a hacerlo. Al margen de eso, quiero añadir que desde hace tiempo sigo tu trayectoria y tus éxitos, y siempre me he alegrado mucho por ellos.
Te mando un abrazo. Tu antigua compañera
Miriam Esteban
Observo la foto durante unos minutos y me sorprende que no me despierte ningún sentimiento. Recuerdo las palabras de Laura, a quien nunca volví a ver después de aquel curso. En el fondo, pienso, ella y yo teníamos el mismo deseo.
Arrugo el currículo de Miriam y lo arrojo a la papelera, que está al otro lado de la mesa. La bola de papel describe una parábola perfecta y cae dentro del cubo metálico. Justo en el centro.
Gol.
Cuento incluido en Los que rugen (Páginas de Espuma, 2009)