miércoles

Marcar un gol

Sé amable con los mejores de la clase,
porque existen muchas posibilidades
de que termines trabajando
para uno de ellos.

Bill Gates



He esperado a que se marchara todo el mundo para dar este paseo solitario. Lo considero una especie de ritual, una ceremonia de reencuentro. No con las viejas paredes y lugares, que tan bien conozco, sino conmigo misma. Con mis recuerdos, con aquella que fui hace veinticinco años. He aguardado a estar sola para olvidar todo el trabajo pendiente sobre la mesa, tomar prestadas algunas llaves del casillero y salir a pasear, con la excusa de ver otra vez, después de tanto tiempo, los pasillos, las aulas, los patios... y a los fantasmas de quienes habitaron en ellos.
El último en marcharse ha sido, como siempre, Juan, el conserje. Ha regresado de su ronda diaria después de ver que estaba todo en orden, ha asomado sus mejillas coloradas a través de una rendija de la puerta de mi despacho y ha anunciado:
—Yo ya me marcho, Belén.
Y al ver las pilas de documentos que llenan mi mesa ha exclamado:
—Caray, ¡aquí hay trabajo para dos años! Menos mal que siempre has sido muy eficiente.
Ayer nos quedamos hablando un buen rato. Me dijo que después de casi cuarenta años de trabajo, cree que ha llegado la hora de jubilarse. Me confesó que no se había atrevido a formular esa petición al anterior director, siempre tan serio, porque en el fondo sabe que muchas cosas en el centro dependen de él, que los directores tienen su carrera y mandan mucho pero en el fondo él es el único que sabe qué truco tiene la puerta del gimnasio o dónde se guardan las hojas de examen. Pero que conmigo la cosa es diferente, porque conmigo hay confianza. No porque yo sea una mujer, porque hoy en día las mujeres mandan igual que los hombres, sino porque me conoce desde que era una mocosa lista y retraída de quien siempre sospechó que llegaría lejos.
Al llegar a este punto, Juan ha bajado la cabeza y ha callado, como si no supiera por dónde continuar o como si temiera haber metido la pata. Me ha conmovido su actitud, su debilidad, acostumbrada como estaba a verle siempre como el más fuerte de todos, como el defensor de las causas nobles, como el salvador de las personas en peligro. Sólo se me ha ocurrido decirle:
—Claro que sí, Juan. Te mereces esa jubilación, te la has ganado. Y si el nuevo conserje no consigue abrir la puerta del gimnasio, supongo que no te importará que te llame para que le expliques cómo se hace, ¿verdad?
Su cara se ha iluminado de alegría.
—¡Pues claro, mujer, faltaría más!
—Entonces, en cuanto logre despejar un poco la mesa, nos ponemos con lo de tu jubilación. Prometido.
Creo que su primer impulso ha sido besarme las mejillas. Estaba emocionado. Si se ha contenido, habrá sido porque ha pensado que ya no tengo diez años. Ha dicho:
—Mi mujer se va a poner loca de contenta cuando se lo cuente. Ya me lo decía ella, que te podía pedir este favor porque tú ibas a escucharme.
No quería que Juan me viera emprender este paseo hacia mi memoria. Precisamente él. Por eso he esperado a que se marchara.
En los patios todavía quedan jugadores de fútbol y de baloncesto. No se marcharán hasta dentro de dos horas, por lo menos. Ellos son los últimos colonizadores diarios del centro, pero sólo les interesan los espacios exteriores, jamás las aulas, ni los pasillos, ni la biblioteca, ni el laboratorio. A estas horas, da la impresión que las zonas de clase no son de nadie. Precisamente por eso las siento de mi absoluta propiedad. También los sonidos que las recorren y los olores que las habitan, como si fueran fantasmas, tan antiguos como reacios a abandonar el lugar. Para eso estoy aquí, para volver a encontrarme con estas sombras negras, porque ellas me pertenecen en exclusiva.
Las baldosas blancas y verdes del vestíbulo siempre me parecieron el escenario de una partida silenciosa. A veces jugaba a pisar sólo las blancas, convencida de que ese gesto atraería la buena suerte. Las verdes, en cambio, me parecían aliadas de la desgracia. Si la punta del zapato rozaba una baldosa verde, significaba que a lo largo del día iba a ocurrirme algo malo. Si, por el contrario, no calculaba bien y la mayor parte del pie caía sobre suelo prohibido, la catástrofe me estaría acechando a la vuelta de cualquier esquina.


Luego están los sonidos. Parece que puedo escuchar esa algarabía destemplada de la entrada, a primera hora, cuando todas las voces se unían en una especie de ebullición insoportable. Juan, en la puerta, se quejaba, y mandaba callar a los que alborotaban demasiado. Aunque su jurisdicción acababa donde comienza el pasillo. En aquella época, Juan ejercía de portero desde una garita que habían instalado para él en el vestíbulo. Su aspecto de hombre fuerte nos cohibía, pero mucho más el timbre grave de su voz y, sobre todo, la severidad con que nos miraba. Luego supe, con los años, que su mal genio era impostado, una máscara que se colocaba cada mañana al llegar al trabajo, sólo para hacerse respetar.
Subo la escalera agarrándome al pasamanos, con calma. Los días en que llegaba tarde solía subir estos escalones de tres en tres. Ahora los observo y me pregunto cómo es posible que una niña como yo, que nunca fue muy ágil y que no estaba dotada para los ejercicios gimnásticos, hiciera algo así. ¿Tal vez la urgencia, el temor a llegar tarde o el miedo a llamar la atención me acuciaban hasta ese punto? El miedo, sí. No me importa recordarlo. Más que miedo: terror a llegar tarde. Pavor a ser el centro de las miradas.
A mis doce, trece, catorce años, no había nada peor para mí que entrar en el colegio y descubrir que no quedaba nadie en el vestíbulo. Atravesaba el suelo de ajedrez sin poder dejar de pensar en lo que me esperaba arriba. Subía esta misma escalera a velocidades olímpicas. Llegaba arriba sin resuello, y me detenía a tomar aliento, a controlar mis ataques. En aquella época, cuando me asustaba, tenía dificultades para respirar. Sin concederme apenas dos segundos de tregua, me dirigía hacia la clase. Si el profesor aún no había llegado y en el aula reinaba el desorden previo al inicio de la jornada, me daba por satisfecha. Si, por el contrario, el profesor ya estaba en su lugar y mis compañeros guardaban silencio, sentía que me invadía aquel pánico que tan bien conocía. Más de una vez me había quedado junto a la puerta, maldiciendo mi suerte por llegar cinco minutos tarde, preguntándome si me atrevería a entrar o sería mejor esconderme en uno de los baños hasta que terminara la clase y pudiera entrar sin llamar la atención. Algunas veces me armé de coraje, empujé la puerta y dejé que todas las miradas se clavaran en mí. Anduve hasta mi mesa intentando no hacer caso de los comentarios que escuchaba por el camino, los mismos de otras veces, los que me habían herido ya con anterioridad, los que quería olvidar pero no podía. Y normalmente, la conmiseración del profesor:
—Bueno, basta. Dejad en paz a la pobre Belén.
Y las ganas de llorar siempre bajo control. Porque lo último que se debe hacer en una situación así es llorar. Cuando lloras, has perdido la partida para siempre. Yo lo sabía bien.
Exactamente ésta era el aula. La miro desde fuera, preguntándome si merece la pena entrar. Busco la llave, la introduzco en la cerradura. Recuerdo las baldosas, que figuran cubos y esferas, en un trazado geométrico. Por primera vez le encuentro explicación a recordar tan nítidamente los dibujos que adornan cada uno de los suelos del centro. Reparo en la dolorosa verdad: durante mi niñez y mi adolescencia, miré mucho más al suelo que al frente. Bajé la cabeza siempre, asustada por la idea de enfrentarme, de plantar cara. Y siento una extraña rabia por no haber sabido hacerlo y también una honda lástima por la estudiante que fui, siempre aplicada, mejor que la mayoría, y sin embargo siempre asustada por aquellas a quienes les daba rabia que yo fuera como soy. Y silenciosa, claro. El silencio que siempre fue una consecuencia terrible, pero también uno de los mayores culpables de lo que me ocurría.
Me dirijo ahora a los lavabos. No sé por qué esperaba encontrar los de entonces, con sus puertas de madera oscura y sus baldosas desportilladas formando motivos florales. Era evidente que había que reformarlos. Por eso lo que encuentro sólo se parece en parte a lo que conservo en mi memoria. Me alegro tanto cuando lo veo que me quedo detenida en la puerta, con una expresión que me da risa cuando me descubro en el espejo. Si alguien me viera ahora… pienso. La nueva directora, que llega al instituto avalada por un insuperable expediente académico y después de una brillante carrera en el departamento de educación, se pone nostálgica observando media docena de retretes. Qué cosas.
Yo solía refugiarme en estos baños. Entonces, sus puertas de madera oscura eran de esas que no llegan al suelo, que dejan un hueco de unos veinte centímetros por los que desde fuera se puede ver si hay alguien dentro. A menudo me escondía aquí cuando llegaba tarde, y pasaba una hora completa en este breve espacio custodiado por un retrete sin tapa. Casi siempre, leyendo. A veces, escribiendo mis pensamientos en un cuaderno cuadriculado. También durante el recreo. Era más complicado, porque debía procurar que no me descubrieran. De modo que ideé una manera de encaramarme al retrete para que nadie pudiera ver mis pies desde fuera. No era fácil, pero sin duda yo debía de ser más elástica que ahora, porque lo lograba. Cada vez que alguien empujaba la puerta con intención de entrar al baño, contenía la respiración. Escuchaba sus comentarios desde dentro, muerta de miedo:
—Está atrancada.
O:
—No sé qué pasa, no se abre.
A veces reconocía la voz de Miriam, o de Isabel, o de Carmen, y mi corazón se disparaba. Sabía que no habían de tardar mucho en descubrirme, pero igualmente aguantaba la respiración. Hasta que Miriam se tumbó en el suelo y metió la cabeza por el hueco de la puerta.
—La puerta no está atrancada. Es la asquerosa de Belén. Menudo morro. Vamos a decírselo al director.
En cuanto se fueron —las tres juntas, como siempre— salí del escondrijo y me senté en un banco del patio. Mi corazón no dejaba de galopar a toda velocidad. Desde allí, pude ver al director entrar en el baño de chicas en compañía de las tres delatoras. Me pareció que le molestaba mucho perder su precioso tiempo con aquella falsa acusación, y que por eso las regañaba. Y al hacerlo encendió la ira de la bestia, claro. Porque desde luego, Miriam no iba a perdonarme que la hubiera dejado en ridículo, de eso estaba segura.
Los dos días que siguieron no quise ir al colegio. Fingí que me dolía la tripa, que tenía ganas de vomitar, que estaba muy débil y que me había venido la regla (por este orden). Al tercer día, mi madre consideró que ya era suficiente y me llevó al colegio en su coche. Además, se detuvo frente a la puerta para asegurarse de que entraba. Luego supe que también había ido a hablar con el director, a quien le comunicó su preocupación por mi comportamiento de los últimos días. El director le dijo que no había detectado nada anormal y que no debía preocuparse, porque mi rendimiento académico era, como siempre, excepcional, el mejor de la clase. Yo era, como suele decirse, la empollona del grupo. Aunque también eso iba a cambiar. Recuerdo que aquella mañana, cuando mi madre me dejó en la puerta del centro y esperó a que entrara, lo hice con tanta precipitación que pisé una baldosa verde. Mi pie cayó justo en el centro, como una isla alargada en medio de un mar oscuro. Supe de inmediato que se acercaba algo terrible. Y no me equivoqué.
Es curioso. Descubro que, al igual que en algunos lugares parecen concentrarse los malos recuerdos, hay otros que sólo conservan los buenos. La biblioteca, por ejemplo. Muy pronto descubrí que los libros eran buenos amigos de los solitarios como yo. Ellos no me excluían de sus juegos, no murmuraban cosas desagradables a mi paso ni se burlaban de mi torpeza o de mi inteligencia. Por eso comencé a pasar los recreos en la biblioteca. Fue allí donde conocí a Laura, mi única amiga verdadera de esos tiempos. Tenía un año menos que yo pero iba dos cursos por debajo. No podía salir a jugar al patio porque sufría una enfermedad cardiaca que le impedía realizar ejercicio físico. Era flacucha, de piel muy blanca, y tenía unos ojos azules muy claros, que en un primer momento causaban impresión. Casi no hablaba, y cuando lo hacía era con un tono de voz tan bajito que sus palabras no se escuchaban. Parecía débil como un pájaro.
Recuerdo que lo primero que le dije fue lo afortunada que era por no tener que hacer gimnasia, porque la gimnasia era un asco.
Me miró un poco ausente, levantó la vista del libro, y me dijo:
—A mí me gustaría marcar un gol alguna vez.
Desde entonces, nos encontramos a diario en la biblioteca. Ella estudiaba, o subrayaba algún libro, o leía una novela de aventuras. Me habló de Julio Verne. De Stephen King. De historias cursis de internados que a ella le daban náuseas (pero a mí me despertaban tanta curiosidad como los asesinos o los aventureros que tanto le gustaban). Yo leía todo lo que ella me recomendaba, y a mi vez le hablaba con entusiasmo de mis propias lecturas. Yo entonces jamás había conocido más biblioteca que la de mis padres, donde cohabitaban las leyendas de aparecidos de Bécquer, con el despecho poético de Sor Juana Inés de la Cruz, las rimas consonantes de la exaltación amorosa de José María Pemán o la colección completa de los Premios Planeta... Un día Laura me invitó a su casa y comprendí que nuestra amistad había traspasado la barrera de lo imaginario para adentrarse en el mundo real. Hasta ese momento, sólo habíamos hablado de historias que ocurrían en las páginas de los libros.
Los mismos libros, por cierto, que siguen aquí, alineados en su lugar, esperando a que alguien llegue y los lea. Cojo uno. Miguel Strogoff, de Julio Verne, uno de los primeros que leí por recomendación de Laura, quien lo había descubierto primero. Sus páginas amarillean, huelen a papel viejo. Al final, en un sobre que fue blanco, se conserva la ficha de lectura. Una diminuta cartulina rayada donde la bibliotecaria de entonces anotaba cuidadosamente qué lector había tomado prestado cada volumen. Hace años que dejó de llevarse este registro manual y se sustituyó por otro informático, más moderno y eficaz. Pero la tarjeta sigue ahí, con las esquinas gastadas por el tiempo, exhibiendo la lista de lectores que alguna vez pasaron por estas páginas. Repaso con el dedo índice los años y los nombres hasta que doy con ella: Laura Blasco Quílez. 12 de febrero de 1982. Tres nombres más abajo está el mío. Me gusta reconocerme aquí, en este libro que me trae tan buenos recuerdos. Me alegra que también él me conserve en su memoria.
No pasé por todas las aulas, naturalmente, pero me doy cuenta de que a lo largo de mi vida como estudiante me quedaron pocas por habitar. Me llama la atención cómo los recuerdos acuden a mi llamada en solitario, como si cada lugar pudiera conservar uno y sólo uno. La alacena donde, en quinto, guardábamos el conejillo de indias que se convirtió en nuestra mascota. En honor a nuestro curso, le pusimos Quintiliano. O la pizarra donde descubrí que era miope, en cuarto, y tuvieron que sentarme en las primeras filas a pesar de que siempre fui de las más altas. Hasta que mis padres decidieron llevarme al oculista y él encontró la cura para mi problema, y me mandó usar gafas, las primeras, las que me devolvieron a mi sitio en la última fila. También reconozco el cristal que se hizo añicos durante un recreo, y que hirió a la profesora de inglés, a quien llamábamos la sailentplís, a causa de su muletilla preferida; o el ventanal junto al que se echaba sus interminables siestas el profesor Alarcón, de matemáticas, al solecito tibio de todas las tardes.
Mis pasos me llevan, para terminar la visita, hacia los patios. Aquí, junto a las canchas de baloncesto, sigue estando el gimnasio. Es un espacio grande y bien equipado, el empeño de uno de los antiguos directores por dotar al centro de un lugar digno donde practicar deporte. Lo veo ahora y reconozco que es un privilegio contar con algo así: colchonetas, aparatos, barras de ejercicios, material para practicar gimnasia rítmica, dos plintos, tres potros… Y sin embargo, no puedo apartar de mi mente el tormento que para mí significaba la dosis semanal de educación física.
Miriam y sus amiguitas tuvieron bastante tiempo para tramar su venganza. Para mi desgracia, el día en que regresé al colegio después del incidente del lavabo fue, precisamente, un jueves. Y los jueves tocaba gimnasia. Ya en el vestuario comencé a confirmar todos mis temores. Miriam, Carmen e Isabel me dirigían miradas a cada rato, sonreían de aquel modo que a mí me daba tanto miedo y hablaban entre ellas cuchicheando.
Continuaron haciéndolo durante las dos horas en que estuvimos en el gimnasio. Se reían como hienas, al mirarme. Se burlaban de mi escasa agilidad, o de mi físico, o de mi chándal, de cualquier cosa. Hacían que el resto de la clase se riera también. Decían:
—Tienes que aprender a saltar, asquerosa.
O bien:
—Te pesa el culo, Ramírez.
También murmuraban aquellos insultos que nunca más he sido capaz de repetir. Es curioso, ni siquiera ahora que soy adulta puedo hacerlo, como si su sola mención me ensuciara, me convirtiera en alguien peor de la que soy.
Aquella tarde, cuando entré a los vestuarios después de la clase, mi ropa estaba allí. Me duché de las últimas, como siempre, después de que Miriam y sus amigas lo hicieran. Siempre me comportaba así por miedo, para que no se metieran conmigo, para no tener que soportarlas.


Se valieron de eso. Sabían que las evitaba, que las temía. Aprovecharon cuando entré en la ducha para robarme la ropa. Luego se llevaron también el chándal, y la toalla. Y mi bolsa. Y todo lo que me pertenecía. Aquel día entré algo más tarde de lo habitual en la ducha porque me entretuve hablando con Marta, la delegada. Me preguntó por los deberes, por el trabajo de sociales, por el examen de matemáticas. Me dijo que había estado enferma últimamente y que no tenía ni idea de lo que habían mandado los profesores y que, como yo siempre estaba al día y tenía tanta fama de empollona, seguro que podía ayudarla. Por supuesto que la ayudé. Incluso me sentí honrada de que necesitara mi ayuda. Qué idiota. No me di cuenta hasta mucho después de que Marta estaba colaborando con Miriam y las demás, de que se había convertido en su cómplice.
El plan les salió a la perfección. El vestuario quedó desierto. Cuando decidí salir de la ducha, apenas se oía a nadie afuera. No encontré la toalla sobre la puerta, donde la había dejado. Pensé que se había caído y busqué por debajo, pero tampoco logré dar con ella. Intenté abrir por si se había quedado fuera de mi alcance y fue entonces cuando me di cuenta de que habían atrancado la puerta por fuera. Forcejeé un poco, pero fue inútil. Allí estaba, desnuda en la ducha, muerta de frío, sola. Un animalito idiota que acaba de caer en una trampa. Lo único que se me ocurrió fue pedir socorro.
—Por favor, ¿alguien puede abrir la puerta?
Me contestó la voz de Miriam:
—Te jodes, Ramírez. Y esta vez no nos delates o la próxima será peor.
Escuché más risas. Reconocí a Carmen, a Isabel, a Marta, tal vez a alguien más. Me pareció que había también voces masculinas. De modo que el complot era universal, cósmico, insufrible. Grité. Con todas mis fuerzas.
—¡Por favor! ¡Estoy desnuda! ¡Hace frío!
—Se han ido todos, asquerosa. Si quieres salir, aprende a saltar, que buena falta te hace.
A continuación escuché que la puerta se cerraba desde fuera. Dos vueltas de llave. Recordé que Miriam era aquella tarde la encargada de cerrar los vestuarios y devolverle la llave al conserje. Pensé que no tenía escapatoria. Que lo habían tramado todo a la perfección.
Tardaron más de seis horas en encontrarme. Fue Juan. Cuando escuché que alguien daba vueltas a la llave, estaba harta de llorar, congelada, encogida en un rincón. No había conseguido salir de allí, a pesar de haberlo intentado de todas formas. No me atrevía a saltar las mamparas de las duchas, no logré desatrancar la cerradura, no cabía por debajo de la puerta ni reptando como una anguila sobre las baldosas. No tenía escapatoria. Y podría haber sido peor: podría haberme quedado allí hasta el día siguiente, o hasta que mis padres me echaran de menos. Si tuve tanta suerte fue porque Juan jamás se va del centro sin hacer su última ronda. Y aquella tarde, algún presentimiento le llevó a abrir la puerta de los vestuarios femeninos. Él explicó que le había alertado no sé qué cosa del agua. El caso es que escuché sus pasos y me atreví a gritar:
—¡Estoy aquí! ¡Me han encerrado!
Se acercó en seguida. Desatrancó la puerta (la habían sujetado con un pedazo de alambre) y me rescató. Bueno, primero fue a buscar una toalla, porque cuando supo que estaba desnuda creo que se sintió más asustado que yo.
Al día siguiente, en el colegio no se hablaba de otra cosa. La voz había corrido sin que yo me explicara cómo (aunque estaba clarísimo: habían sido ellas, Miriam y sus compinches). Todos me miraban por los pasillos, cuchicheando. En cambio yo, no podía mirar a nadie a la cara. Ni a Miriam, ni a Carmen ni a Isabel ni a Marta ni, en realidad, a ninguno de mis compañeros, que si no habían participado en la burla cruel, habían actuado como mudos testigos. Durante unos días esperé a que alguno me ayudara y les delatara. Todos sabían quién había sido. Pero nadie lo hizo. Tampoco nadie habló del tema. El silencio se había cerrado sobre mí.
Después del recreo, me llamó el director a su despacho. Recuerdo que cuando entré en aquel lugar por primera vez, me pareció horriblemente triste y oscuro. Había retratos de señores antiguos colgados por las paredes, y la mesa era de madera oscura, casi negra, lúgubre. Me senté en el sillón, frente a él, y esperé a que lanzara la pregunta que estaba esperando:
—Quiero que me digas quiénes fueron.
Callé. El corazón me latía a mil por hora. Desde luego, no pensaba delatarlas. No quería arriesgarme a una agresión aún mayor.
—Sólo tienes que decirme sus nombres. Tengo alguna sospecha, pero necesito que me la confirmes para que todo el mundo reciba lo que se merece.
—¿Cuál sería el castigo? —pregunté.
—La expulsión, por supuesto —dijo. Por un momento, vi el cielo abierto. Pensé que podría librarme de ellas. Pero a continuación el director añadió: —Durante diez días, por lo menos.
Comprendí que no había nada que hacer.
—Fue un accidente —dije—. Fue culpa mía.
El director me lanzó una mirada incrédula.
—¿A quién quieres engañar, Belén? Todos sabemos que han sido algunas de tus compañeras. Tienes que decirme sus nombres.
Una voz en mi interior gritaba, rabiosa: «Miriam Esteban Pérez», «Carmen Galán Soria», «Isabel Martín Segura», «Marta Cuéllar Santolaya»… Pero era una voz interior muy débil, ahogada por mi miedo a hablar, por mi terror a que volviera a ocurrir. Por mi pánico. Como siempre.
Por supuesto, tampoco en casa dije nada. Mi madre me preguntó qué había pasado en los vestuarios y yo me limité a decirle que había sido una broma, que todo el mundo gasta bromas, que no tenía importancia. Ella insistió, quiso saber si ese acoso que estaba sufriendo era el causante del bajo rendimiento del que últimamente hablaban mis profesores. Me enfadé con ella. Creo que grité.
—A mí no me acosa nadie —dije—. Ni se te ocurra decirle eso al director.
Aquel trimestre suspendí tres, por primera vez en mi vida. Pero mi madre, que terminó por creerme, lo achacó a otras causas: el desconcierto propio de la pubertad, la aparición de algún pasatiempo nuevo o algún enamoramiento inexistente.
Lo peor que tiene la miopía de ciertos adultos es que no se cura poniéndoles gafas.
Entro en los vestuarios de las chicas y no puedo evitar sentir un escalofrío. Las duchas ya no son como entonces. Las cerraduras las cambiaron por otras más seguras poco después de mi incidente. El resto, lo fueron remodelando en diversas etapas. Ahora no sería posible encerrar a nadie. Juan nunca más se ha ido del centro sin revisar una por una las estancias, incluido el gimnasio y los vestuarios. Las peores cosas que nos ocurren dejan enseñanzas importantes en aquellos que saben escucharlas. También el tiempo ayuda. Atravieso la puerta del vestuario y reconozco que, por fortuna, ya no soy la misma de entonces.
Ha anochecido. Vuelvo al despacho y llamo a casa. Le digo a Óscar que no tardaré en llegar, que no empiece a bañar a nuestro hijo sin mí, que se me ha hecho un poco tarde con el lío del primer día. Reviso las pilas de papeles que tengo sobre la mesa, intento poner un poco de orden. Hago varios montones: cuestiones académicas, expedientes de alumnos, listas de proveedores, currículos de posibles aspirantes a profesores y personal... Esta tarde he estado ojeando esta última, porque hay un par de plazas que el centro necesita cubrir con urgencia. De modo que mi etapa en mi antiguo colegio comenzará haciendo crecer la plantilla.
Ojeo de nuevo las solicitudes y los currículos. Sé lo que voy a encontrar, sólo busco ponerle un cierre coherente a este primer día. Me detengo en la fotografía que acompaña una de las solicitudes. Es una mujer de mi edad, de mirada penetrante, pelo rizado y rubio, guapa. Su currículo viene acompañado de una nota manuscrita:

Querida Belén:
Me he alegrado mucho al saber que eres la nueva directora de nuestro antiguo colegio. Por eso me he animado a escribirte en seguida, con la esperanza de que puedas comprender mi situación. Enviudé hace seis meses, y no tengo trabajo desde que tuve a mi hija (tiene cinco años). Te hago llegar mi currículo, donde verás que tengo experiencia como profesora (de Literatura) y que mi expediente académico no es malo (aunque tampoco tan brillante como el tuyo). Te lo pido como un favor personal, porque lo necesito de verdad. Si no fuera así, sabes bien que no me atrevería a hacerlo. Al margen de eso, quiero añadir que desde hace tiempo sigo tu trayectoria y tus éxitos, y siempre me he alegrado mucho por ellos.
Te mando un abrazo. Tu antigua compañera
Miriam Esteban

Observo la foto durante unos minutos y me sorprende que no me despierte ningún sentimiento. Recuerdo las palabras de Laura, a quien nunca volví a ver después de aquel curso. En el fondo, pienso, ella y yo teníamos el mismo deseo.
Arrugo el currículo de Miriam y lo arrojo a la papelera, que está al otro lado de la mesa. La bola de papel describe una parábola perfecta y cae dentro del cubo metálico. Justo en el centro.
Gol.

Cuento incluido en Los que rugen (Páginas de Espuma, 2009)

lunes

Wa Lok


La culpa fue de Iberia y de sus normas referentes al exceso de equipaje. Una maleta por persona de, cómo máximo, 23 kilos, en los vuelos a/desde América y África, con excepción de Brasil; 10 kilos más de equipaje de mano. Todo eso no está pensado para los escritores, que siempre vamos con un cargamento de papel a cuestas.
Lo que me propongo contar ocurrió hace un par de semanas, en la penúltima jornada de la Feria del Libro de Lima. Me invitaron a un almuerzo en un restaurante chino —chifas, los llaman allí— de nombre sonoramente oriental: Wa Lok. Podría haber significado «primera vez», pero la traducción correcta es «grupo de personas con suerte». La realidad es experta en ironías.

Pasé la tarde anterior obsesionada con la maleta. Es difícil calcular el peso exacto de las cosas. Una bolsa de chocolatinas La Ibérica, 500 gramos. Tres botes de crema corporal con olor a orquídeas salvajes del Machu Picchu, 900 gramos. Un ángel de barro, con poncho y tocando la quena: unos 200 gramos (estimado). ¿Cuánto pesa mi neceser? Y cuánto las camisetas, los pantalones, el par de botas y las tres bufandas de lana de alpaca que compré para no morirme de frío en los desangelados pabellones de la Feria del Libro.

Lo más difícil del equipaje siempre son los libros. Cuáles. Cuántos. Para quién. No importa: siempre son demasiados. Sobre la cama, la última tarde, había un par de docenas de ellos y apenas cinco tenían valor real para mí. Ribeyro, Watanabe, Enrique Planas… los mezclé con las botas y las bufandas. Los demás eran de autores casi desconocidos. A la mayoría les conocí cuando se acercaron tras alguna presentación y gentilmente me obsequiaron su obra. Hermosas ediciones, iluminadas con cálidas dedicatorias.

Las ponderé una por una. La prosa de los autores más jóvenes rondaría la media libra de promedio. Una gruesa antología de mujeres poetisas —¡más de cien!— debía de superar los dos kilos. La liviandad de los poemarios contrastaba con las novelas, macizas como el pan sin levadura. Algunos entraron y salieron varias veces de mi equipaje. Mi mala conciencia terminó en insomnio.

Por la mañana, obré con arrestos. Metí los libros en una bolsa de papel. Estimé inoportuno dejarla en el hotel: lo mismo alguna de las chicas de recepción me delataba a mis anfitriones. Salí con ella a la calle. No había papeleras. Hombres de mirada esquinada parecían vigilar mis movimientos. La acera estaba demasiado limpia. Se hacía tarde y, sin solución, tomé un taxi hacia el restaurante. Entonces se me ocurrió algo. Dejé la bolsa tras el asiento del conductor, lo bastante oculta para que nadie pudiera verla. Cuando el taxista la descubriera, no sabría quién la había olvidado. El plan salió bien. El hombre no advirtió nada. Entré en el Wa Lok taciturna, pero, de algún modo, triunfante. El triunfo del traidor.

El almuerzo lo organizaba la Cámara Peruana del Libro. No lo supe hasta ver la mesa preparada para cincuenta comensales. «Es tradicional que los organizadores de la Feria inviten a los escritores participantes», explicó alguien. Fue una velada agradable y ruidosa. Los escritores solemos gozar de un apetito excelente y contamos chistes malísimos. Todo iba bien hasta que se acercó un camarero a anunciar:
—Un taxista trajo esto por si es de alguno de ustedes. Dijo que una señora a quien dejó a la puerta lo olvidó en su carro hace un ratito nomás.

Las miradas de cien ojos convergieron en la pila de libros que acunaba el camarero. La bolsa, en cambio, no había comparecido. Los nombres de los autores parecían saltar en los lomos. Unos y otros comenzaron a reconocerse. Los volúmenes circularon, prestos, de mano en mano. Alguien leyó una dedicatoria en voz alta —tan cariñosa, tan exagerada…—, estallaron risas.

Me dio por recordar la primera vez que estuve en Lima. En aquella ocasión anoté en mi diario una coincidencia simpática. Todos preguntaban: «¿Es la primera vez que visita el Perú?». Y tras mi asentimiento, todos, sin excepción, ya fueran bedeles o notarios, añadían: «¿Y ya fue a Machu Picchu?».

De pronto, durante el almuerzo en el Wa Lok, diez años después, deseé estar en Machu Picchu. Por el hilo musical sonaba una canción de Sade: Never As Good As the First Time. Y también concluí que habría sido más redondo que las palabras Wa Lok significaran otra cosa.

En el aeropuerto, un operario de Iberia me informó de que mi maleta sólo excedía trescientos gramos del peso permitido, segundos antes de echarla sobre la cinta trasbordadora que la puso camino de casa.



* Este cuento fue publicado en UVE, suplemento de El Mundo, el 26 de agosto de 2010.

domingo

Julia (cuento de fantasmas)

El primer indicio fue una estúpida horquilla amarilla con listas verdes. La encontré en el fregadero, sumergida en la sartén que estaba lavando. Aunque puede que antes ya estuviera la canción, porque por la tarde fuimos a la piscina. La verdad es que no vi la conexión entre ambas cosas hasta mucho después. Y mucho menos encontré sentido a aquella letra que martilleó en mi cabeza durante tanto tiempo, Oceanchild calls me, So I sing a song of love… Ahora, la memoria quiere que todo cuadre. Acaso siempre ocurre igual con el pasado. Nuestro cerebro no se resigna a recolectar piezas sueltas, siempre busca armar con ellas un rompecabezas.
El caso es que en aquellos días yo sólo pensaba en la casualidad, esa otra sutil telaraña que amarra el mundo. Una noche me desperté con aquella canción en la cabeza. La había oído en la piscina por primera vez aquella misma tarde. Ni siquiera sabía quién la había compuesto. Fue una de las muchas obsesiones de una noche calurosa como no había habido otra aquel verano. Lo achaqué al malestar, o a mi natural obsesivo, como cuando de niña pasaba madrugadas enteras soñando grandes ballenas de movimientos hipnóticos.
Lo de la horquilla, en cambio, fue distinto desde el principio. Una evidencia. Un rastro palpable, un objeto que podía sostener sobre la palma de mi mano, del que podía apreciar su concreta existencia. Por ridículo que parezca, nada más verla dentro de la sartén supe que allí había alguien más, además de nosotros. Habitaba en la cabaña que nos había tocado, la 1.534. También aquella fue la primera vez en que me ocurrió algo parecido, quiero dejarlo claro por si alguien me toma por una chalada. Que lleve varios años dedicada a inventar relatos de fantasmas no significa que les otorgue ninguna credibilidad. Antes, cuando algún periodista me preguntaba si creía en espectros, siempre respondía con una vaguedad:
—Creo que lo que llamamos realidad es sólo la parte del mundo que somos capaces de comprender, pero que hay mucho más, que tal vez nunca descubriremos.
La respuesta era un subterfugio, un disfraz. Un telón tras el que esconder mi feroz escepticismo.
Creo que ya lo he dicho: la horquilla era amarilla a listas verdes, idéntica en tamaño a las que utilizaba Elia, mi hija, y que solíamos encontrar en cualquier parte, allí donde ella sentía la necesidad de quitárselas. Teníamos docenas. Sin embargo, supe al instante que la de la sartén no era de mi hija, con esa certeza de quien lleva un minucioso inventario de sus pertenencias. No le dije nada a Dani. Él no reconoce al momento cualquier menudencia que tenga que ver con los niños. Me pareció que desconfiaría, que le restaría credibilidad a mi certeza. Contestaría algo así como:
—No te preocupes tanto. Tal vez la compraste y no te acuerdas, cómo vas a llevarlo todo en la cabeza…
O:
—Igual la compró la canguro y no te dijo nada.
No quise someterme a su evaluación, a su incredulidad. Aquella horquilla no era nuestra. Poseía un aire familiar, lo reconozco, y eso precisamente la hacía tan terrible. Era una infiltrada con un disfraz perfecto. Pero no formaba parte de nuestra vida. Hasta que la encontré dentro de la sartén, no la había visto jamás.
La cabaña estaba equipada con lo justo. Una nevera diminuta, un fregadero de un solo seno, unas tijeras, un pelapatatas, un colador… A falta de tostadora, utilizábamos la sartén. Luego, la dejábamos en agua. Ella, la extraña, debió de observar nuestros movimientos, aguardando su oportunidad. Los niños jugaban fuera, bajo los árboles. Dani se estaba duchando. Miré la horquilla con un escalofrío, durante unos veinte segundos. Recuerdo que pensé que me habría gustado tener otro hijo. Luego, la dejé a un lado. Me sequé las manos lentamente. Me apoyé en la mesa de la cocina, respiré hondo. El corazón se me salía por la boca. Cuando pasó, metí la horquilla en un bolsillo de mis vaqueros, dejé la sartén escurriendo y llevé a los niños a la zona de juegos. Al salir de la casa miré atrás. Todo parecía en calma.
El aire mecía las altas ramas de los árboles.
Un ratón de campo salió corriendo de entre las hojas secas y cruzó la carretera a saltitos, como si se creyera ardilla.
Mis tres hijos le saludaron con voces cantarinas:
—Adiós ratón. Vigila nuestras cosas y échanos de menos.
Vigila nuestras cosas y échanos de menos, me dije.
Tomé el camino que desembocaba en la carretera.

* * *

Un par de meses antes del inicio de las vacaciones escolares, fui al cardiólogo.
—Tengo taquicardias —le dije, resumiendo un sinvivir que me tenía al borde del ahogo desde hacía semanas.
Al principio, pensé que era el fruto de una mala temporada: mucho trabajo, estrés, preocupaciones, cansancio… Cuando me di cuenta de que el ahogo persistía, que algunas veces me sentía como si me escurrieran el corazón y que las molestias ya ni siquiera me dejaban dormir, comencé a pensar en pedir hora para el médico. No es que sea aprensiva. Simplemente, me hastía pensar en la ceremonia del enfermo, en su peregrinaje de despachos, pruebas y veredictos. La buena salud ahorra tiempo, aunque sólo sea un espejismo.
El cardiólogo me demostró que estaba en un error.
—No son taquicardias —corrigió—, son asístoles.
Me auscultó, me tomó la presión, me instó a someterme a varias pruebas, algunas largas y engorrosas. En otra cita, estudió los resultados en un silencio contrito para dictaminar:
—Asistolia benigna.
Intenté que percibiera el desconcierto en mi cara. Se animó a darme más explicaciones:
—Su corazón está completamente sano. A veces ocurre. Sin motivo aparente, de pronto un corazón comienza a latir más deprisa. No es preocupante, pero le recetaré unas pastillas que…
Las pastillas me calmaron —calmaron a mi corazón— durante veinticuatro horas. Luego, todo volvió a comenzar. Cuando las asístoles benignas atacaban era como si en mi pecho se perforara un pozo lleno de viento.
* * *

La cabaña formaba parte de un complejo hotelero concebido para familias como nosotros. Varias docenas de casitas de madera cobijadas por un bosque espeso. En el centro, la zona común de servicios y ocio incluía un supermercado, un área de juegos, un par de restaurantes y una gran piscina cubierta. Por las tardes, en la pequeña pradera adyacente se podían contratar excursiones o juegos infantiles. Nuestros hijos eran demasiado pequeños para pensar en rutas de senderismo o en acampadas nocturnas. Sin embargo, había algo con lo que soñaban desde que les enseñamos el primer folleto publicitario del lugar.
—¡Hay tirolinas! —gritó Adrián, señalando la foto.
En ella se veía un niño más o menos de su edad pertrechado con arnés y casco y sujeto a una polea que se deslizaba por una cuerda. Alguien me dijo que ese modo de vencer desniveles —mejor si no son muy pronunciados— se inventó en Tirol, y es de ahí de donde le viene el nombre, con el que sólo se encuentran familiarizados aquellos que, como nosotros, tienen hijos de entre tres y doce años.
Ni a mi marido ni a mí nos hacía ninguna gracia que se entregaran a aquella diversión. Por eso intentamos disuadirles.
—¿No os gustaría más ir a la piscina? Tiene un trampolín y un tobogán. Y canastas de baloncesto…
No demostraron mucho entusiasmo. Ataqué con artillería pesada.
—Y siempre podemos comprar uno de esos globos que visteis ayer y que os gustaron tanto…
A cierta edad, los gustos aún no se han sofisticado. Una cuerda amarrada a un árbol o una bolsa de plástico llena de gas son más deseables que la infraestructura de ocio más refinada.
—Pero queremos subir a la tirolina —insistió mi hijo mayor, investido en portavoz del grupo. Sus dos hermanos estuvieron de acuerdo.
Dedicamos un buen rato de la primera tarde a buscar la cuerda suspendida entre árboles. No tuvimos éxito. Junto a la entrada, se anunciaba una zona de juegos que más bien parecía un campo a punto de ser cosechado. A un lado se veían un par tiendas como las de los antiguos indios americanos, sucias y cubiertas de polvo. Más allá, una zona infantil vacía que necesitaba una reparación profunda, delimitada por una de esas cintas plásticas que señalizan las obras. En algunas zonas, sobre las ramas de los árboles que rozaban el suelo, se posaban los cuervos. Mi hija les llamaba «palomas», el pequeño «pajaritos». Graznaban como diablos. Adrián corregía a sus hermanos, feliz en su papel profesoral:
—No, Elia, no es una paloma. Es una urraca. Ten cuidado, porque les gusta robar cosas brillantes.
O bien:
—Álex, fíjate bien. Eso no es un pajarito. Sólo es un lazo negro amarrado a una rama. ¿Qué hace un lazo negro amarrado a una rama, mamá?
Recuerdo la pregunta pero creo que no le respondí. Estábamos ocupados en otras cosas. La inquietud de Adrián era tan grande entonces que un tanto por ciento de sus dudas quedaba siempre sin respuesta. Todos, incluso él, estábamos resignados a ello. No insistió. Pronto encontró otras cosas que centraron más su atención.
—¿Dónde está la tirolina?
Preguntamos en recepción. Un empleado muy amable nos informó sin dejar de sonreír de que la zona de juegos había sido cerrada por mantenimiento y que por el momento no tenían previsto abrirla de nuevo.
—Qué lástima, cariños, no hay tirolina. La han cerrado para arreglarla —dijimos, fingiendo pesar, mientras suspirábamos aliviados.
Nuestros tres vástagos se enfurruñaron al unísono.
—Pero podemos ir a la piscina —sugerí.
—O comprar un globo —recordó Adrián.
Se resignaron, después de negociar los términos, a pasar la tarde en la piscina. El globo fue su condición. Uno para cada uno.
Corrimos a recoger los trajes de baño y nos presentamos en el mostrador de alquiler de toallas. Fue un acierto. La piscina era un verdadero paraíso acuático con saltos de agua, toboganes, zona de juegos y hasta un par de jacuzzis de aguas cálidas y burbujeantes. Nada más verla, los tres gritaron de emoción, dejaron el suelo sembrado de chancletas y albornoces y corrieron a trepar por la empinada escalera del tobogán.
Mi marido intentó hacerse con unas tumbonas mientras yo nadaba un poco. Siempre me he sentido feliz dentro del agua. Fue allí, mientras me relajaba buceando en la zona más profunda, donde escuché la canción por primera vez. Una melodía suave, nostálgica, que una voz masculina desgarraba con suavidad. De la letra, no retuve nada. Ni siquiera le presté atención.
—Hay hilo musical debajo del agua —informé a Dani, entusiasmada, nada más salir.
Permanecimos un buen rato observando a nuestros hijos disfrutar en el agua. Cuando se cansaron del tobogán, improvisaron un partido de baloncesto con una pelota de goma. Viéndonos, nadie podía negar que aquellas estaban siendo unas vacaciones a la altura de las expectativas, tal vez las mejores de nuestra vida en común.
Incluso Dani se animó a jugar. Me alegré de verle caminar con decisión hacia el borde del agua, lanzarse de cabeza y tomar impulso para sorprender a los niños en pleno campeonato. Estuvo un buen rato con ellos, enseñándoles cómo lanzar a la canasta, mientras yo les miraba orgullosa. Luego, nadó un rato y regresó a la hamaca, donde yo le esperaba.
Tenía los labios fríos cuando me besó, antes de tumbarse a mi lado.
—Este lugar es estupendo —dijo—, no le falta de nada.
Se secó la cara con la toalla y lanzó un largo suspiro.
—Aunque deben de haber apagado el hilo musical submarino —añadió— porque yo no he oído nada.
Al salir, compramos los globos.

* * *

Sin motivo aparente, de pronto, obedeciendo sólo a un inexplicable capricho. Así obraban mis asístoles. Mi corazón se disparaba y me dejaba sin aliento. Así fue cuando encontré la horquilla en la sartén. No me asusté, no lo sentí como una amenaza. Estaba acostumbrada. Se lo expliqué al médico:
—Las palpitaciones, o lo que sea, no responden a nada en concreto. Ahora no estoy estresada, ni preocupada. Al contrario, atravieso el momento más feliz de mi vida. No entiendo a qué viene esto ahora.
Mi médico, siempre tan lacónico, se encogió de hombros y respondió:
—A veces ocurre.
Como me quedé mirándole durante cuatro o cinco segundos se vio forzado a añadir:
—No le dé más vueltas.
Pero, por supuesto, se las di. Muchas, muchísimas más vueltas.
En algún manual de psicología que consulté aquellos días, leí:
«Gran parte de nuestras actividades mentales son inconscientes, sólo las reconocemos por el efecto que producen».
Como los fantasmas.

* * *

El segundo día lo pasamos fuera de casa desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. Fue una especie de jornada maratoniana que dejó destrozados a pequeños y mayores. Cuando llegamos a la casa, no teníamos ánimos ni para comer. Preparé unos tazones de leche tibia para los niños, y les di permiso para tomárselos bajo los árboles, sentados a la mesa del jardín.
Cuando salí a recoger las tazas vi a Elia hurgando en la hojarasca del suelo. Había encontrado algo.
—¡He encontrado una moneda, mamá, mira!
Entre su índice y su pulgar brillaba con tonos cobrizos un centavo diminuto.
One penny, leí. Y por el otro lado: 2007. Elisabeth II D. G., REG F.D., y el rostro de Isabel II, la reina incombustible de Inglaterra.
Pensé: ella nació en Inglaterra. Perdió este centavo en este lugar, escondida bajo la mesa, mientras jugaba a que no la encontrara su padre, que estaba dentro, preparándose para salir. Su madre no estaba, y ella la echaba de menos. Hasta ese verano, apenas había tenido relación con su padre. Le gustaba su nombre, porque también era el de su madre muerta. Su madre no la habría dejado agacharse bajo la mesa. Estaba siempre preocupada de que le ocurriera algo, como si la atenazara un vaticinio terrible. La paradoja fue que le ocurriera a ella. Un cáncer fulminante e impredecible, diagnosticado sólo ocho semanas atrás.
Tomé el centavo que mi hija me entregaba y me lo guardé en el bolsillo, junto a la horquilla.
Aquella noche no pude dormir.
«Los espíritus se comunican mejor con las mentes débiles», me dijo una vez una médium a la que entrevisté en el proceso de documentación de una novela, «esa es la razón por la que prefieren a los enfermos o a los que están atravesando un mal momento».
Aquella noche, no dejé de hacerme preguntas. Quién era la dueña de la horquilla. Cómo se llamaba.
Por qué yo.
Qué hacía en mi memoria.

* * *


Lo peor de las vacaciones fueron las noches. La tercera, Dani y yo discutimos. Las razones no vienen al caso, y además las he olvidado. Sé que fueron menudencias, nada que ver con mi deseo de tener un cuarto hijo. A las dos de una madrugada sofocante salimos de la casa en busca de un poco de aire fresco.
Ahora no soy capaz de discernir si el calor era la causa o la consecuencia de nuestra discusión, que se prolongaba desde después de la cena.
Limpié de hojas secas el banco de madera y nos sentamos junto a la mesa del jardín. Cantaba un ejército de grillos. Soplaba un viento fresco, casi frío. Dani se sentó primero. Dijo algo así como:
—A veces no te entiendo.
Iba a responderle cuando escuché algo. Un crujido de hojas secas en la oscuridad. Un crepitar rápido, puede que asustado. En una primera impresión, me parecieron pasos. Pensé que un ratón no podía armar tanto ruido, pensé que la noche multiplica los sonidos y también en lo ridículo de mi comportamiento, pobre mujer de ciudad aterrorizada por un diminuto ratón de campo. Sentí un escalofrío, me alejé de la puerta, el ruido persistía. Pensé en los niños.
—Los niños están solos —dije.
—Pero estamos aquí mismo, no les…
Me salió un chillido histérico:
—¡Entra!
El bosque como una amenaza, puro instinto de supervivencia para el animal inútil que somos: no poseemos aptitudes para hacer frente a depredadores, ni somos capaces de verlos en la oscuridad. Huir es lo único que nos queda.
Dani no volvió a dirigirme la palabra en toda la noche. Creo que le había asustado mucho más mi actitud que el ruido.
Dentro de la casa hacía un calor horrible.
Mis palpitaciones no me dejaron dormir en toda la noche.
Hasta que empezó a amanecer no sentí que el depredador se había ido.

* * *

No hablamos con nadie en los días que estuvimos allí. Por la mañana, estábamos casi solos en el área de juegos infantiles, que simulaba una cabaña de exploradores varada en un claro del bosque. Por la tarde, la piscina invitaba a un cierto aislamiento. Nos tumbábamos a resguardo y vigilábamos a los niños por turnos, mientras el otro leía, o descabezaba un sueño. La placidez nos quitaba hasta las ganas de hablar.
Durante aquellos días, percibí como indicios los fragmentos de un par de conversaciones. La primera tuvo lugar en la zona de juegos infantiles entre dos mujeres de acento estadounidense. Vigilaban los juegos de una niña que debía de ser de la misma edad de Elia. De algún modo, se comunicaba con mi hija mientras compartían por turnos el columpio.
En cambio yo tuve que esforzarme por comprender algo de lo que estaban hablando las dos mujeres. Espiar conversaciones ajenas es un entretenimiento que practico desde antiguo. Perversión de novelista, le llama Dani. Aunque en aquella ocasión sólo cacé frases al vuelo:
—«Why didn't anybody let us know that this place was dangerous for kids?...», «she was six», «just here, in the houses»…
Estaban hablando de ella. No tuve la menor duda.
La segunda frase la pronunció Dani durante una conversación pausada en la piscina.
—¿Te has fijado en que el número de nuestra cabaña suma trece?
La canción fue la pieza que faltaba.
A partir de la madrugada de la discusión, me desperté todas y cada una de las noches que faltaban para completar nuestras vacaciones con aquella melodía martilleando en mis sueños. A partir de la segunda noche, comenzó a surgir también parte de la letra. Half of what I say is meaningless / But I say it just to reach you . Era como si alguien me la susurrara al oído. Seashell eyes / Windy Smile . Alguien a quien, me pareció, a veces le faltaba el resuello, como a mí durante las palpitaciones. Her hair of floating sky is shimmering / Glimmering in the sun . Y con la canción llegaron las deducciones, las certezas, como si aquellas palabras en inglés que no terminaba de comprender fueran revelándome poco a poco una historia escondida. Morning soon, Touch me . No era mi corazón el que hablaba, sino mi memoria. I can only speak my mind, sleeping sand. / Silent cloud, calls me . Llámame, nube silenciosa. Llámame.
No le dije nada a Dani de lo que sabía. No hablé de aquello con nadie. Por las noches, no podía conciliar el sueño pensando en ella. La pobre niña sin madre que se enfrenta a la muerte. La echaba de menos, no se acostumbraba a estar con su padre. Necesitaba una madre y me encontró a mí. Nos atrajimos mutuamente.
Durante el breve periodo de tiempo en que permanecimos en la 1534, tuve cuatro hijos.

* * *

El día que nos marchábamos les expliqué a los niños que no podíamos llevar los globos en el viaje de vuelta.
—Los dejaremos amarrados en los árboles, aquí mismo, frente a la casa. Será un regalo —dije.
Mi hija aplaudió, entusiasmada.
—¡Un regalo para el bosque! —dijo.
Para el bosque, repetí para mí.
Les ayudé a elegir la rama. Tomé fotos para inmortalizar la despedida. Cuando las pasé al ordenador, las estudié a conciencia, una por una. No encontré lo que buscaba. En las imágenes sólo estaban mis hijos, circunspectos, vestidos de limpio, rindiendo honores a sus globos antes de abandonarlos.
Cuando devolví las llaves me atreví a formular una pregunta.
—¿Murió aquí una niña hace un par de años?
Un par de pupilas asustadas se clavaron en mí.
—No estoy autorizada a informarle sobre eso —dijo la mujer, a media voz, antes de añadir, con voz temblona: —Lo siento mucho.
Sólo quería preguntarle cómo se llamaba mi criatura desvalida, mi nube silenciosa. Me hubiera gustado pronunciar su nombre junto a los árboles, demostrarle que no estaba sola, que alguien la compadecía y estaba dispuesta a hacer algo por ella, mi niña de ojos de concha marina.

* * *

Hubo una última vez. Después de ese día, las palpitaciones se esfumaron.
Fue un mediodía de sábado. Celebrábamos el cumpleaños de Álex. Era, pues, 21 de septiembre. Sonaba la radio en la cocina. Una de esas emisoras que emiten música las veinticuatro horas del día. De pronto reconocí la canción. La letra me devolvió a mi niña de la 1534.
—John Lennon compuso esta canción para su madre y la incluyó en uno de los discos más célebres de los Beatles, el llamado White Album —informó una voz masculina sin ninguna pasión.
Se completó el rompecabezas. Por fin supe su nombre. El nombre de mi niña con sonrisa de viento, de mi criatura del océano.
Lo pronuncié despacio, hasta media docena de veces.
No ocurrió nada.
Lástima no haberlo sabido antes.