domingo

Julia (cuento de fantasmas)

El primer indicio fue una estúpida horquilla amarilla con listas verdes. La encontré en el fregadero, sumergida en la sartén que estaba lavando. Aunque puede que antes ya estuviera la canción, porque por la tarde fuimos a la piscina. La verdad es que no vi la conexión entre ambas cosas hasta mucho después. Y mucho menos encontré sentido a aquella letra que martilleó en mi cabeza durante tanto tiempo, Oceanchild calls me, So I sing a song of love… Ahora, la memoria quiere que todo cuadre. Acaso siempre ocurre igual con el pasado. Nuestro cerebro no se resigna a recolectar piezas sueltas, siempre busca armar con ellas un rompecabezas.
El caso es que en aquellos días yo sólo pensaba en la casualidad, esa otra sutil telaraña que amarra el mundo. Una noche me desperté con aquella canción en la cabeza. La había oído en la piscina por primera vez aquella misma tarde. Ni siquiera sabía quién la había compuesto. Fue una de las muchas obsesiones de una noche calurosa como no había habido otra aquel verano. Lo achaqué al malestar, o a mi natural obsesivo, como cuando de niña pasaba madrugadas enteras soñando grandes ballenas de movimientos hipnóticos.
Lo de la horquilla, en cambio, fue distinto desde el principio. Una evidencia. Un rastro palpable, un objeto que podía sostener sobre la palma de mi mano, del que podía apreciar su concreta existencia. Por ridículo que parezca, nada más verla dentro de la sartén supe que allí había alguien más, además de nosotros. Habitaba en la cabaña que nos había tocado, la 1.534. También aquella fue la primera vez en que me ocurrió algo parecido, quiero dejarlo claro por si alguien me toma por una chalada. Que lleve varios años dedicada a inventar relatos de fantasmas no significa que les otorgue ninguna credibilidad. Antes, cuando algún periodista me preguntaba si creía en espectros, siempre respondía con una vaguedad:
—Creo que lo que llamamos realidad es sólo la parte del mundo que somos capaces de comprender, pero que hay mucho más, que tal vez nunca descubriremos.
La respuesta era un subterfugio, un disfraz. Un telón tras el que esconder mi feroz escepticismo.
Creo que ya lo he dicho: la horquilla era amarilla a listas verdes, idéntica en tamaño a las que utilizaba Elia, mi hija, y que solíamos encontrar en cualquier parte, allí donde ella sentía la necesidad de quitárselas. Teníamos docenas. Sin embargo, supe al instante que la de la sartén no era de mi hija, con esa certeza de quien lleva un minucioso inventario de sus pertenencias. No le dije nada a Dani. Él no reconoce al momento cualquier menudencia que tenga que ver con los niños. Me pareció que desconfiaría, que le restaría credibilidad a mi certeza. Contestaría algo así como:
—No te preocupes tanto. Tal vez la compraste y no te acuerdas, cómo vas a llevarlo todo en la cabeza…
O:
—Igual la compró la canguro y no te dijo nada.
No quise someterme a su evaluación, a su incredulidad. Aquella horquilla no era nuestra. Poseía un aire familiar, lo reconozco, y eso precisamente la hacía tan terrible. Era una infiltrada con un disfraz perfecto. Pero no formaba parte de nuestra vida. Hasta que la encontré dentro de la sartén, no la había visto jamás.
La cabaña estaba equipada con lo justo. Una nevera diminuta, un fregadero de un solo seno, unas tijeras, un pelapatatas, un colador… A falta de tostadora, utilizábamos la sartén. Luego, la dejábamos en agua. Ella, la extraña, debió de observar nuestros movimientos, aguardando su oportunidad. Los niños jugaban fuera, bajo los árboles. Dani se estaba duchando. Miré la horquilla con un escalofrío, durante unos veinte segundos. Recuerdo que pensé que me habría gustado tener otro hijo. Luego, la dejé a un lado. Me sequé las manos lentamente. Me apoyé en la mesa de la cocina, respiré hondo. El corazón se me salía por la boca. Cuando pasó, metí la horquilla en un bolsillo de mis vaqueros, dejé la sartén escurriendo y llevé a los niños a la zona de juegos. Al salir de la casa miré atrás. Todo parecía en calma.
El aire mecía las altas ramas de los árboles.
Un ratón de campo salió corriendo de entre las hojas secas y cruzó la carretera a saltitos, como si se creyera ardilla.
Mis tres hijos le saludaron con voces cantarinas:
—Adiós ratón. Vigila nuestras cosas y échanos de menos.
Vigila nuestras cosas y échanos de menos, me dije.
Tomé el camino que desembocaba en la carretera.

* * *

Un par de meses antes del inicio de las vacaciones escolares, fui al cardiólogo.
—Tengo taquicardias —le dije, resumiendo un sinvivir que me tenía al borde del ahogo desde hacía semanas.
Al principio, pensé que era el fruto de una mala temporada: mucho trabajo, estrés, preocupaciones, cansancio… Cuando me di cuenta de que el ahogo persistía, que algunas veces me sentía como si me escurrieran el corazón y que las molestias ya ni siquiera me dejaban dormir, comencé a pensar en pedir hora para el médico. No es que sea aprensiva. Simplemente, me hastía pensar en la ceremonia del enfermo, en su peregrinaje de despachos, pruebas y veredictos. La buena salud ahorra tiempo, aunque sólo sea un espejismo.
El cardiólogo me demostró que estaba en un error.
—No son taquicardias —corrigió—, son asístoles.
Me auscultó, me tomó la presión, me instó a someterme a varias pruebas, algunas largas y engorrosas. En otra cita, estudió los resultados en un silencio contrito para dictaminar:
—Asistolia benigna.
Intenté que percibiera el desconcierto en mi cara. Se animó a darme más explicaciones:
—Su corazón está completamente sano. A veces ocurre. Sin motivo aparente, de pronto un corazón comienza a latir más deprisa. No es preocupante, pero le recetaré unas pastillas que…
Las pastillas me calmaron —calmaron a mi corazón— durante veinticuatro horas. Luego, todo volvió a comenzar. Cuando las asístoles benignas atacaban era como si en mi pecho se perforara un pozo lleno de viento.
* * *

La cabaña formaba parte de un complejo hotelero concebido para familias como nosotros. Varias docenas de casitas de madera cobijadas por un bosque espeso. En el centro, la zona común de servicios y ocio incluía un supermercado, un área de juegos, un par de restaurantes y una gran piscina cubierta. Por las tardes, en la pequeña pradera adyacente se podían contratar excursiones o juegos infantiles. Nuestros hijos eran demasiado pequeños para pensar en rutas de senderismo o en acampadas nocturnas. Sin embargo, había algo con lo que soñaban desde que les enseñamos el primer folleto publicitario del lugar.
—¡Hay tirolinas! —gritó Adrián, señalando la foto.
En ella se veía un niño más o menos de su edad pertrechado con arnés y casco y sujeto a una polea que se deslizaba por una cuerda. Alguien me dijo que ese modo de vencer desniveles —mejor si no son muy pronunciados— se inventó en Tirol, y es de ahí de donde le viene el nombre, con el que sólo se encuentran familiarizados aquellos que, como nosotros, tienen hijos de entre tres y doce años.
Ni a mi marido ni a mí nos hacía ninguna gracia que se entregaran a aquella diversión. Por eso intentamos disuadirles.
—¿No os gustaría más ir a la piscina? Tiene un trampolín y un tobogán. Y canastas de baloncesto…
No demostraron mucho entusiasmo. Ataqué con artillería pesada.
—Y siempre podemos comprar uno de esos globos que visteis ayer y que os gustaron tanto…
A cierta edad, los gustos aún no se han sofisticado. Una cuerda amarrada a un árbol o una bolsa de plástico llena de gas son más deseables que la infraestructura de ocio más refinada.
—Pero queremos subir a la tirolina —insistió mi hijo mayor, investido en portavoz del grupo. Sus dos hermanos estuvieron de acuerdo.
Dedicamos un buen rato de la primera tarde a buscar la cuerda suspendida entre árboles. No tuvimos éxito. Junto a la entrada, se anunciaba una zona de juegos que más bien parecía un campo a punto de ser cosechado. A un lado se veían un par tiendas como las de los antiguos indios americanos, sucias y cubiertas de polvo. Más allá, una zona infantil vacía que necesitaba una reparación profunda, delimitada por una de esas cintas plásticas que señalizan las obras. En algunas zonas, sobre las ramas de los árboles que rozaban el suelo, se posaban los cuervos. Mi hija les llamaba «palomas», el pequeño «pajaritos». Graznaban como diablos. Adrián corregía a sus hermanos, feliz en su papel profesoral:
—No, Elia, no es una paloma. Es una urraca. Ten cuidado, porque les gusta robar cosas brillantes.
O bien:
—Álex, fíjate bien. Eso no es un pajarito. Sólo es un lazo negro amarrado a una rama. ¿Qué hace un lazo negro amarrado a una rama, mamá?
Recuerdo la pregunta pero creo que no le respondí. Estábamos ocupados en otras cosas. La inquietud de Adrián era tan grande entonces que un tanto por ciento de sus dudas quedaba siempre sin respuesta. Todos, incluso él, estábamos resignados a ello. No insistió. Pronto encontró otras cosas que centraron más su atención.
—¿Dónde está la tirolina?
Preguntamos en recepción. Un empleado muy amable nos informó sin dejar de sonreír de que la zona de juegos había sido cerrada por mantenimiento y que por el momento no tenían previsto abrirla de nuevo.
—Qué lástima, cariños, no hay tirolina. La han cerrado para arreglarla —dijimos, fingiendo pesar, mientras suspirábamos aliviados.
Nuestros tres vástagos se enfurruñaron al unísono.
—Pero podemos ir a la piscina —sugerí.
—O comprar un globo —recordó Adrián.
Se resignaron, después de negociar los términos, a pasar la tarde en la piscina. El globo fue su condición. Uno para cada uno.
Corrimos a recoger los trajes de baño y nos presentamos en el mostrador de alquiler de toallas. Fue un acierto. La piscina era un verdadero paraíso acuático con saltos de agua, toboganes, zona de juegos y hasta un par de jacuzzis de aguas cálidas y burbujeantes. Nada más verla, los tres gritaron de emoción, dejaron el suelo sembrado de chancletas y albornoces y corrieron a trepar por la empinada escalera del tobogán.
Mi marido intentó hacerse con unas tumbonas mientras yo nadaba un poco. Siempre me he sentido feliz dentro del agua. Fue allí, mientras me relajaba buceando en la zona más profunda, donde escuché la canción por primera vez. Una melodía suave, nostálgica, que una voz masculina desgarraba con suavidad. De la letra, no retuve nada. Ni siquiera le presté atención.
—Hay hilo musical debajo del agua —informé a Dani, entusiasmada, nada más salir.
Permanecimos un buen rato observando a nuestros hijos disfrutar en el agua. Cuando se cansaron del tobogán, improvisaron un partido de baloncesto con una pelota de goma. Viéndonos, nadie podía negar que aquellas estaban siendo unas vacaciones a la altura de las expectativas, tal vez las mejores de nuestra vida en común.
Incluso Dani se animó a jugar. Me alegré de verle caminar con decisión hacia el borde del agua, lanzarse de cabeza y tomar impulso para sorprender a los niños en pleno campeonato. Estuvo un buen rato con ellos, enseñándoles cómo lanzar a la canasta, mientras yo les miraba orgullosa. Luego, nadó un rato y regresó a la hamaca, donde yo le esperaba.
Tenía los labios fríos cuando me besó, antes de tumbarse a mi lado.
—Este lugar es estupendo —dijo—, no le falta de nada.
Se secó la cara con la toalla y lanzó un largo suspiro.
—Aunque deben de haber apagado el hilo musical submarino —añadió— porque yo no he oído nada.
Al salir, compramos los globos.

* * *

Sin motivo aparente, de pronto, obedeciendo sólo a un inexplicable capricho. Así obraban mis asístoles. Mi corazón se disparaba y me dejaba sin aliento. Así fue cuando encontré la horquilla en la sartén. No me asusté, no lo sentí como una amenaza. Estaba acostumbrada. Se lo expliqué al médico:
—Las palpitaciones, o lo que sea, no responden a nada en concreto. Ahora no estoy estresada, ni preocupada. Al contrario, atravieso el momento más feliz de mi vida. No entiendo a qué viene esto ahora.
Mi médico, siempre tan lacónico, se encogió de hombros y respondió:
—A veces ocurre.
Como me quedé mirándole durante cuatro o cinco segundos se vio forzado a añadir:
—No le dé más vueltas.
Pero, por supuesto, se las di. Muchas, muchísimas más vueltas.
En algún manual de psicología que consulté aquellos días, leí:
«Gran parte de nuestras actividades mentales son inconscientes, sólo las reconocemos por el efecto que producen».
Como los fantasmas.

* * *

El segundo día lo pasamos fuera de casa desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. Fue una especie de jornada maratoniana que dejó destrozados a pequeños y mayores. Cuando llegamos a la casa, no teníamos ánimos ni para comer. Preparé unos tazones de leche tibia para los niños, y les di permiso para tomárselos bajo los árboles, sentados a la mesa del jardín.
Cuando salí a recoger las tazas vi a Elia hurgando en la hojarasca del suelo. Había encontrado algo.
—¡He encontrado una moneda, mamá, mira!
Entre su índice y su pulgar brillaba con tonos cobrizos un centavo diminuto.
One penny, leí. Y por el otro lado: 2007. Elisabeth II D. G., REG F.D., y el rostro de Isabel II, la reina incombustible de Inglaterra.
Pensé: ella nació en Inglaterra. Perdió este centavo en este lugar, escondida bajo la mesa, mientras jugaba a que no la encontrara su padre, que estaba dentro, preparándose para salir. Su madre no estaba, y ella la echaba de menos. Hasta ese verano, apenas había tenido relación con su padre. Le gustaba su nombre, porque también era el de su madre muerta. Su madre no la habría dejado agacharse bajo la mesa. Estaba siempre preocupada de que le ocurriera algo, como si la atenazara un vaticinio terrible. La paradoja fue que le ocurriera a ella. Un cáncer fulminante e impredecible, diagnosticado sólo ocho semanas atrás.
Tomé el centavo que mi hija me entregaba y me lo guardé en el bolsillo, junto a la horquilla.
Aquella noche no pude dormir.
«Los espíritus se comunican mejor con las mentes débiles», me dijo una vez una médium a la que entrevisté en el proceso de documentación de una novela, «esa es la razón por la que prefieren a los enfermos o a los que están atravesando un mal momento».
Aquella noche, no dejé de hacerme preguntas. Quién era la dueña de la horquilla. Cómo se llamaba.
Por qué yo.
Qué hacía en mi memoria.

* * *


Lo peor de las vacaciones fueron las noches. La tercera, Dani y yo discutimos. Las razones no vienen al caso, y además las he olvidado. Sé que fueron menudencias, nada que ver con mi deseo de tener un cuarto hijo. A las dos de una madrugada sofocante salimos de la casa en busca de un poco de aire fresco.
Ahora no soy capaz de discernir si el calor era la causa o la consecuencia de nuestra discusión, que se prolongaba desde después de la cena.
Limpié de hojas secas el banco de madera y nos sentamos junto a la mesa del jardín. Cantaba un ejército de grillos. Soplaba un viento fresco, casi frío. Dani se sentó primero. Dijo algo así como:
—A veces no te entiendo.
Iba a responderle cuando escuché algo. Un crujido de hojas secas en la oscuridad. Un crepitar rápido, puede que asustado. En una primera impresión, me parecieron pasos. Pensé que un ratón no podía armar tanto ruido, pensé que la noche multiplica los sonidos y también en lo ridículo de mi comportamiento, pobre mujer de ciudad aterrorizada por un diminuto ratón de campo. Sentí un escalofrío, me alejé de la puerta, el ruido persistía. Pensé en los niños.
—Los niños están solos —dije.
—Pero estamos aquí mismo, no les…
Me salió un chillido histérico:
—¡Entra!
El bosque como una amenaza, puro instinto de supervivencia para el animal inútil que somos: no poseemos aptitudes para hacer frente a depredadores, ni somos capaces de verlos en la oscuridad. Huir es lo único que nos queda.
Dani no volvió a dirigirme la palabra en toda la noche. Creo que le había asustado mucho más mi actitud que el ruido.
Dentro de la casa hacía un calor horrible.
Mis palpitaciones no me dejaron dormir en toda la noche.
Hasta que empezó a amanecer no sentí que el depredador se había ido.

* * *

No hablamos con nadie en los días que estuvimos allí. Por la mañana, estábamos casi solos en el área de juegos infantiles, que simulaba una cabaña de exploradores varada en un claro del bosque. Por la tarde, la piscina invitaba a un cierto aislamiento. Nos tumbábamos a resguardo y vigilábamos a los niños por turnos, mientras el otro leía, o descabezaba un sueño. La placidez nos quitaba hasta las ganas de hablar.
Durante aquellos días, percibí como indicios los fragmentos de un par de conversaciones. La primera tuvo lugar en la zona de juegos infantiles entre dos mujeres de acento estadounidense. Vigilaban los juegos de una niña que debía de ser de la misma edad de Elia. De algún modo, se comunicaba con mi hija mientras compartían por turnos el columpio.
En cambio yo tuve que esforzarme por comprender algo de lo que estaban hablando las dos mujeres. Espiar conversaciones ajenas es un entretenimiento que practico desde antiguo. Perversión de novelista, le llama Dani. Aunque en aquella ocasión sólo cacé frases al vuelo:
—«Why didn't anybody let us know that this place was dangerous for kids?...», «she was six», «just here, in the houses»…
Estaban hablando de ella. No tuve la menor duda.
La segunda frase la pronunció Dani durante una conversación pausada en la piscina.
—¿Te has fijado en que el número de nuestra cabaña suma trece?
La canción fue la pieza que faltaba.
A partir de la madrugada de la discusión, me desperté todas y cada una de las noches que faltaban para completar nuestras vacaciones con aquella melodía martilleando en mis sueños. A partir de la segunda noche, comenzó a surgir también parte de la letra. Half of what I say is meaningless / But I say it just to reach you . Era como si alguien me la susurrara al oído. Seashell eyes / Windy Smile . Alguien a quien, me pareció, a veces le faltaba el resuello, como a mí durante las palpitaciones. Her hair of floating sky is shimmering / Glimmering in the sun . Y con la canción llegaron las deducciones, las certezas, como si aquellas palabras en inglés que no terminaba de comprender fueran revelándome poco a poco una historia escondida. Morning soon, Touch me . No era mi corazón el que hablaba, sino mi memoria. I can only speak my mind, sleeping sand. / Silent cloud, calls me . Llámame, nube silenciosa. Llámame.
No le dije nada a Dani de lo que sabía. No hablé de aquello con nadie. Por las noches, no podía conciliar el sueño pensando en ella. La pobre niña sin madre que se enfrenta a la muerte. La echaba de menos, no se acostumbraba a estar con su padre. Necesitaba una madre y me encontró a mí. Nos atrajimos mutuamente.
Durante el breve periodo de tiempo en que permanecimos en la 1534, tuve cuatro hijos.

* * *

El día que nos marchábamos les expliqué a los niños que no podíamos llevar los globos en el viaje de vuelta.
—Los dejaremos amarrados en los árboles, aquí mismo, frente a la casa. Será un regalo —dije.
Mi hija aplaudió, entusiasmada.
—¡Un regalo para el bosque! —dijo.
Para el bosque, repetí para mí.
Les ayudé a elegir la rama. Tomé fotos para inmortalizar la despedida. Cuando las pasé al ordenador, las estudié a conciencia, una por una. No encontré lo que buscaba. En las imágenes sólo estaban mis hijos, circunspectos, vestidos de limpio, rindiendo honores a sus globos antes de abandonarlos.
Cuando devolví las llaves me atreví a formular una pregunta.
—¿Murió aquí una niña hace un par de años?
Un par de pupilas asustadas se clavaron en mí.
—No estoy autorizada a informarle sobre eso —dijo la mujer, a media voz, antes de añadir, con voz temblona: —Lo siento mucho.
Sólo quería preguntarle cómo se llamaba mi criatura desvalida, mi nube silenciosa. Me hubiera gustado pronunciar su nombre junto a los árboles, demostrarle que no estaba sola, que alguien la compadecía y estaba dispuesta a hacer algo por ella, mi niña de ojos de concha marina.

* * *

Hubo una última vez. Después de ese día, las palpitaciones se esfumaron.
Fue un mediodía de sábado. Celebrábamos el cumpleaños de Álex. Era, pues, 21 de septiembre. Sonaba la radio en la cocina. Una de esas emisoras que emiten música las veinticuatro horas del día. De pronto reconocí la canción. La letra me devolvió a mi niña de la 1534.
—John Lennon compuso esta canción para su madre y la incluyó en uno de los discos más célebres de los Beatles, el llamado White Album —informó una voz masculina sin ninguna pasión.
Se completó el rompecabezas. Por fin supe su nombre. El nombre de mi niña con sonrisa de viento, de mi criatura del océano.
Lo pronuncié despacio, hasta media docena de veces.
No ocurrió nada.
Lástima no haberlo sabido antes.