
El mundo que la Gran Guerra se había tragado emergía de vez en cuando en un lugar de América: las fiestas de Rodolfo Valentino. Nadie quería perdérselas. Acudíamos, patéticos, adornados con sonrisas como brillantes falsos, vestidos con nuestra nostalgia trasnochada, y nos excedíamos hasta que amanecía. Cada uno sabrá lo que buscaba allí. Lujo, popularidad, chismes. A mí me daba la impresión de que la vida era más sencilla que su sombra y que nuestra única ambición era burlar la soledad. Comenzando por el anfitrión, tan excesivo en todo, siempre rodeado de bellas mujeres tan hiperbólicas como él. Era el rostro de la disoluta vida del artista del celuloide, eso que el público considera connatural al estrellato y que no es más que el alto precio de una vida demasiado alejada de lo que de verdad importa. Al lado del inflamado Valentino, cualquiera de nuestras biografías cargadas de divorcios, separaciones e hijos naturales parecía tan conservadora y tediosa como la de una vieja dama victoriana.
Por los salones de la ampulosa Falcon Lair —la mansión del mito, en Beverly Hills— deambulaba Jean Acker, la primera mujer de Rodolfo, siempre deslumbrante con sus modelos a la última, acompañada de su amante, Grace Damond. Ambas vestían aquellas túnicas griegas que debían llevarse sin nada debajo y una vez nos ofrecieron una demostración de cómo vestirlas. Al traje, nadie le hizo el menor caso. Hombres y mujeres quedaron maravillados con la visión de los cuerpos desnudos de las oficiantes, y la imaginación hizo el resto. Por entonces, aclaro, Valentino estaba casado con Natacha Rambova, aunque apenas se soportaban, ni siquiera vivían bajo el mismo techo. Cuando le acusaron de bigamia —porque el vínculo con Jean continuaba siendo legal— fuimos nosotros, los amigos asiduos a sus fiestas, quienes pagamos la fianza. De modo que estaba en deuda con nosotros. Las fiestas eran su modo de pagarnos.
Yo nunca faltaba. Aquellas cenas en el jardín, seguidas de actuaciones absurdas, tenían algo de trágico. Reíamos sin parar, bebíamos más de lo debido y nos pasábamos la noche tratando de lograr lo que habíamos ido a conseguir. En lo que a mí respecta, solía sentarme en el jardín a hablar con Chaplin. Cierto que le veía casi todos los días, pero en el estudio apenas hablábamos sino de trabajo. Él me respetaba y me admiraba. Yo moría por él.
Soñaba con que me perdiera el miedo. O tal vez no era eso lo que le paralizaba, sino el terror a lo que yo despertaba en él. Se mantenía a distancia. En todas partes excepto en las fiestas de Valentino, en que el mundo, y nosotros con él, quedábamos en suspenso.
* * *
Chaplin carecía de talento para la amistad. Las personas le estorbaban, le quitaban tiempo, le daban demasiado trabajo. Sin embargo, de haber tenido un amigo, uno solo, ese habría sido Valentino.
Rodolfo había comprado en un anticuario de Pennsylvania un violín Stradivarius con las cuerdas del revés, que reservaba para Chaplin. Mi adorado era zurdo, y tenía buena memoria. Aún recordaba la técnica musical que adquirió de niño, junto a su madre, en el teatro de variedades. Poseía el don de encandilar a la gente. Todos le miraban embelesados.
A veces se fijaba en mí en un receso de esas actuaciones y yo me sentía tan tensa como las cuerdas del instrumento que sostenían sus manos.
Le tenía ahí mismo, pero también a años luz. Comenzaba a convertirse en aquel que el mundo entero veía en él. Su destino le estaba amasando.
Creo que Valentino organizaba fiestas sólo para retrasar lo inevitable.
Por lo que a mi destino respecta, para determinarlo bastó una sola palabra —la primera, junto a mi oído—, pronunciada por Chaplin unos diez años antes de la escena del violín:
—¡Finja!
Frente a nosotros, veinte pares de ojos expectantes nos miraban.
Él ejecutaba pases ridículos con los brazos. Todos allí creían que era capaz de hipnotizarme. Todos menos yo. Fue divertido seguirle el juego. La gente quedó impresionada. Cuando el demiurgo lo dispuso, abrí los ojos. Simulé turbación, pregunté qué había ocurrido. Él respondió a los aplausos con reverencias.
Repetimos ese número absurdo la noche del primero de agosto de 1926. La recuerdo muy bien, porque Falcon Lair refulgía en todo su esplendor. Valentino estaba exultante. Después de las primeras copas, nos leyó un artículo que algún crítico había publicado sobre él.
«¿Por qué no ahogamos al señor Gugliemi, alias Valentino, cuando aún estábamos a tiempo?». Los periodistas, ofendidos, se burlaban de su aspecto andrógino. Las mujeres le deseaban como a ninguno. Él lo celebraba encadenando amantes catastróficos. Reía con elegancia. Nos amaba, y nosotros a él. Auque en sus ojos había un poso de tristeza que nada ni nadie era capaz de borrar. Ni siquiera el dinero.
—El dinero sirve para olvidar —solía decir Samuel Goldwind.
—Lleva su tristeza con elegancia —decía de él Chaplin, conmovido.
Aquella noche representamos por última vez el número de la hipnosis. Era un foro adecuado. Valentino creía en esas cosas, él mismo formaba parte de una sociedad que practicaba el espiritismo, convencido de que los muertos le contemplaban desde el más allá, esperando sus órdenes lo mismo que las aguardaban las personas que estaban a su servicio, en la mansión.
—A mí me sobran los vivos, no quiero ni pensar en tener que atender también a los muertos —decía Fairbanks.
El caso era que Valentino atendía a sus muertos. Practicaba el ocultismo en una sala de su casa. A la hora más propicia de la madrugada entraba con sus seguidores en una habitación forrada de seda negra. Allí había una mesa vestida de noche sobre la que descansaba un tablero de madera constelado de letras y números. Las presencias del más allá nunca se mostraron muy locuaces. Sin embargo, la última noche compareció algo. Algunos vieron que el vaso se movía a gran velocidad sobre el tablero. Nadie pudo leer el mensaje. Salvo Valentino.
Palideció. Cuando le preguntaron qué había sabido, sólo dijo:
—Es personal.
A partir de esa noche, se encerró en la habitación 120 del Santa María Inn. Ese hotel era como casa, un lugar donde se refugiaba cuando quería huir de alguna mujer o de alguna mala época. Escribió muchas cartas. Murió el 15 de agosto de 1926 y a su entierro acudieron diez mil personas. Le pidieron a Chaplin que ayudara a llevar el féretro, pero se excusó. Chaplin odiaba las despedidas. Y sufría de la espalda.
Dos días después del entierro recibí una carta en cuyo remite leí: Rodolfo. Contenía una cartulina de color crema con una sola palabra caligrafiada:
Arrivederci
Era imposible hablar de cuestiones personales con Chaplin. Él rehuía cualquier ocasión de hacerlo. Si alguna vez, en una charla, se rozaba lo íntimo, reconducía la conversa de inmediato. Le interesaba cuanto traía entre manos y al terminar un trabajo empezaba otro enseguida. No se permitía un descanso. A veces, los rodajes le dejaban exhausto. Se encerraba un día entero en casa, y no salía de la cama. Al otro día se vestía, se calzaba y volvía a comenzar, sin tregua, sin piedad consigo mismo.
Recuerdo bien una única conversación personal a la puerta del plató. Le esperé durante mucho rato. Cuando bajó del coche ladré:
—Enhorabuena.
En mis manos, amarilleaba el periódico matutino donde acababa de enterarme de la noticia. Tenía roto el corazón pero mi mueca era de desprecio.
—Gracias —musitó.
Y se fue con gesto enfurruñado.
Eso fue todo. Él pasó de largo y yo intenté olvidar.
En el periódico se hablaba de su boda con Mildred Harris. Luego supe que se casó con ella porque estaba embarazada. Nunca la quiso y temo que tampoco ella a él. No perdieron mucho tiempo el uno con el otro. Hubo un juicio, una indemnización y un largo olvido. Todo ocurrió en esa asepsia indolora de la falta de amor.
Conmigo las cosas habrían sido muy distintas.
En el fondo, era lo que él andaba buscando: mujeres a las que no amar, personas que no le hicieran perder el tiempo.
Yo no tenía nada que hacer. Me acostaba con él de vez en cuando, vigilaba sus movimientos, le amaba dolorosamente. Trabajaba a sus órdenes. Era la cara bonita de sus películas.
Esperaba. Estaba convencida de que esperar era el modo más feroz de presentar batalla.
Luego, el mundo cambió y nosotros no pudimos seguirle.
En las películas viejas, la vida se retuvo sólo a medias.
El 13 de noviembre de 1956, le escribí por última vez. Aquí estoy de nuevo —le dije— con el corazón rebosante de gratitud. Espero que tanto tú como tu familia estéis bien y disfrutando de todo lo que has ganado trabajando.
El paso del tiempo nos erosiona y nos enseña. Cuando le enseñó el modo de amar a una mujer, yo me encontraba demasiado lejos. Me había casado, había naufragado, había aprendido. Luego, la muerte se fijó en mí y completó el guión.
Una misiva más.
Tomé una cartulina de color crema, esmeré la caligrafía. En el anverso del sobre, sus señas de Suiza. En el remite: Edna. El mensaje, una sola palabra. La única posible:
¡Finja!
Fue el digno colofón de una historia triste y perfecta. Cuando lo elegí, pensé que él nunca me habría perdonado que le estropeara el final.
Dos días después de mi muerte, Chaplin concedió una entrevista. El periodista le preguntó por su relación «con Edna Purviance, su más estrecha colaboradora». Él dijo:
—Era como la música del violín. Suave pero inquietante.
Luego, calló. Un silencio largo.
Sus ojos fijos en mí en mitad de la multitud expectante. Eso aguardo, a pesar de todo, mientras su mirada y la mía envejecen en la memoria del mundo, amparada en los muros de Falcon Lair, el único escenario de Hollywood que sigue siendo real para nosotros, los ausentes.
El único que logró sobrevivir al argumento.



